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Relato de Carlos Alberto Saavedra

CARTA ACLARATORIA SOBRE EL RELATO DEL GORDO DOMINGUEZ

 

            Alexandria, mayo 12 de 2004.

 

            Estimado compadre:

 

            Me ha llegado un escrito en el que nuestro común amigo Juan Domínguez, a quien todos conocemos como el Gordo por la extrema obesidad que mostraba en su adolescencia, hoy convertida –la obesidad, no la adolescencia- en grasa diluida por el tiempo; decía que el escrito en cuestión describe una supuesta pelea en el hall del Teatro Municipal, entre el Gordo y un señor al que denomina el Viejo, y cuyo resultado es que el Gordo termina fuera de combate, tras un letal tacle del Viejo, mientras que mi marido Américo, su compadre –de usted, no del Gordo, por si se le ha olvidado- se la pasó de cantor y no hizo nada por hacerle pagar al Viejo su vil ataque, para nada justificado, ni siquiera por la diferencia de edad y de peso que el Gordo tenía a su favor.

            Conversando con Américo, me dijo que en realidad el agredido y noqueado por el Viejo fue él y no el Gordo, lo que me obligó a hacer memoria, en vista de esa abismal discrepancia tipo yo no fui fue teté, ya que yo sí fui testigo presencial de lo ocurrido, y a remontarme a esos años en los que empezamos nuestra relación –con Américo, no con usted-, tras habernos conocido justamente en una actividad organizada por los clubes de karate de las universidades de San Marcos y Villareal, de cuyas delegaciones formábamos parte, yo de la Villarreal y Américo de San Marcos. A mí me encantó de inmediato su forma de ser, tan caballerito, la ropa bien planchadita, tan formalito y solemne él, feíto (mi mamá no lo podía ver ni en pintura al comienzo, por ese detalle, pero yo ya no estaba para tafetanes), feíto, digo, pero con gancho como decían entonces; su pelo negrísimo, hirsuto y copioso hasta el abuso, siempre bien peinadito con una implacable raya al costado izquierdo y su olor a glostora y aqua velva, la agresividad –ahora sé que la ocultaba muy bien- perfectamente manejada por su condición de karateca de nivel avanzado. Al menos así lo creía, hasta que ocurrió el penoso incidente del hall de Teatro Municipal, que ahora están comentando en el Perú, por lo que me veo en la imperiosa necesidad de escribirle la presente, ya que según me han informado usted también ha participado en la reunión en la que se habló del tema.

            En verdad debo decirle, teniendo en cuenta su calidad de amigo común de todas las partes involucradas, que la versión de Américo es distinta a la del Gordo, sin que ello signifique que lo relatado por el Gordo levante un falso testimonio o agravie la imagen de mi marido, ni viceversa. Yendo al grano, paso a darle mi versión, porque yo estaba allí.

            Américo llegó primero al Teatro y comenzó a formar cola para que mi hermana y yo pudiéramos ocupar los primeros asientos de la platea y ver de cerca la exhibición de karate. Detrás de él se ubicó una pareja, un señor y una señora, o señorita, no sé, ya algo pasaditos de años, pero que se hacían muchos cariñitos a escondidas, algunos de ellos más que impúdicos, según se podía apreciar haciendo un poco de esfuerzo. Después llegó el Gordo Domínguez, siempre extrovertido y exultante, quien se incorporó a la cola haciéndose el que nos saludaba muy amigablemente, generando algunas protestas expresadas en airadas voces que lo calificaron de zampón, y comenzó a contarnos cosas de su Facultad, interrumpiendo –sin mala intención, claro- la cálida conversación que habíamos iniciado con Américo, lo que a mí me produjo cierto malestar debido a que Américo había comenzado a soltarse con una agarradita de mano y una sobadita con el codo, de casualidad, por zona blanda, y la venida del Gordo convirtió un diálogo de prometedora intimidad en un monólogo alborotado de él consigo mismo.

            No sé, en verdad, qué motivó el enfrentamiento del Gordo con el Viejo, parece ser que al Viejo no le gustó la poca discreción del Gordo, sobre todo cuando hablaba de sus discrepancias con los revisionistas, sin poder evitar palabras de grueso calibre que abochornaban un poco a Américo y que yo apenas si llegaba a captar, por mucho que me esforzaba discretamente por oírlas. Moscovitas conchasumadres había dicho en un momento de gran exaltación y lucidez política, como para que lo escuche sólo Américo, pero la palabra había caído en un momento de silencio y todo el mundo la escuchó en su plena crudeza. Supongo que al Viejo no le gustó la forma de hablar del Gordo, y vi que en un momento determinado se le acercó y le dijo algo casi en el oído, provocando con ello que al Gordo se le encarnara el rostro de una manera que nunca antes había visto. El Gordo, pálido y mortecino de siempre, lucía ahora rojo como un tomate escandinavo, y con una mueca que no se sabía si era de ira o de impotencia. Eso lo perdió. Porque no supo dosificar su ataque. Comenzó como una tromba, lanzando un feroz grito de guerra al estilo Kato del Avispón Verde; el Viejo le hizo un quite y el Gordo fue a parar al suelo con toda su humanidad desparramada. El Viejo, caballeroso él, le permitió que se pare, casi lo ayuda a levantarse en realidad, y ambos se pusieron de nuevo en posición de ataque. No sé sinceramente si fue Américo o mi hermana quien le aconsejó al Gordo que le mande un tacle al Viejo, no sé tampoco por qué no lo hizo, lo que sí sé es que en ese momento al Viejo se le iluminaron los ojos y tomó la decisión autónoma de hacerlo él, y en un momento de descuido del Gordo le mandó un poderoso tacle de izquierda, mientras el Gordo, creo, se cubría la zona inversa, recibiendo entonces todo el impacto del pie siniestro del Viejo en el mentón derecho. Su caída fue espectacular, como cuando, años después, Mano de Piedra Durán cayó ante Tommy Hearns, derechito boca al piso, sumido en la más desolada inconsciencia. Y ahí terminó todo. Quiero decir que terminó el primer encuentro, porque después vino el enfrentamiento del Américo con el Viejo, Américo queriendo vengar la humillante derrota sufrida por el Gordo, Américo que se aprestaba al ataque, mientras que yo, con la ayuda de mi hermana, ventilábamos la cara del Gordo, tratando de reanimarlo.

            Américo había seguido el ritmo del breve combate al borde de la desesperación, y cuando el Gordo sucumbió le dijo al Viejo, ahora te la vas a ver conmigo, viejo abusivo huevón. Primera y última vez que le oí una grosería. Yo le pedí que se calme, le dije que no se meta con ese viejo, que era un karateca conocido, cinturón negro de la Villarreal, pero Américo estaba enardecido, ya no escuchaba nada de lo que yo le decía, y sólo quería hacerle pagar la humillación que le había inferido a su amigo.

            Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Américo mostró su agilidad gimnástica, hizo sus recutecus acrobáticos, lanzó sus manos afiladas una tras otra al rostro del Viejo, mientras que éste esquivaba el desordenado ataque sin problemas, hasta que se cansó de estar en plan de esquive, parece que se inspiró cuando el Gordo, ya recuperado el conocimiento tras el nocaut sufrido, al ver a Américo agotado por tanto desgaste energético, le dijo ya, compadre, ya lo tienes, mándale un tacle, y fue el Viejo el que, repitiendo la experiencia anterior, mandó el tacle, porque Américo ya no tenía energías ni para levantar la pierna a la altura del ombligo. Y el Viejo se anotó el segundo nocaut de la noche. Ahora era el Gordo el que ventilaba a Américo, tratando de que recupere el conocimiento.

            Lo bueno de todo es que como Américo quedó más magullado que el Gordo, tuvimos que acompañarlo a su casa, todavía grogui y preguntándose cómo había podido perder un combate que lo tenía ganado. Nos fuimos en un taxi con mi hermana y el Gordo, y ahí tuve oportunidad de conocer a su mamá, mi futura suegra, quien me agradeció las atenciones que le había brindado a su hijito, y me invitó unos potajitos, además de un tallarín calentado, y me invitó a que la visite el próximo domingo.

            En fin, compadre, fue así como una desafortunada pelea, o dos, me permitieron un acercamiento acelerado con mi futura familia política. Lo demás usted ya lo conoce, de manera que no todo lo que tomamos por malo es malo, porque a veces un fracaso conduce al triunfo. Por eso quería darle mi versión de los sucesos del hall de Teatro Municipal y decirle que ahora a la distancia los recuerdo como los más remotos causantes de mi matrimonio con Américo, mi amor; y también quiero decirle al Gordo Domínguez: Gracias Gordo, nunca te olvidaremos.

            Reciba usted mis cordiales saludos y trasmítalos, por favor, a mi comadre Nancy. Y a ver si se dan una vueltecita por acá, para hacer un poco de turismo y de paso contarles más detalles sobre el tema que ha motivado esta carta.

             Graciela de Real