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Relato de Carlos Alberto Saavedra

Memorias desde Alexandria

 

Lo que cuenta el Gordo Domínguez acerca de su enfrentamiento y derrota ante el viejo en el hall del Teatro Municipal resulta, en verdad, una verdad a medias; es cierto que hubo una pelea y que el viejo resultó el vencedor de esa pelea, pero el derrotado no fue el Gordo, sino yo. Al menos así lo recuerdo; pero, lo que me ha contado Fernando que dice el Gordo es tan vívido y con tanta apariencia de veracidad, que ahora, en Alexandria –lejos de mi patria y del lugar de los hechos- estoy dudando de mi propia historia, y digo que de repente esa derrota la sufrió el Gordo y que mis recuerdos son equivocados; pero no, es tan bueno el Gordo, tan caballero y tan amigo, que ha querido librarme de la humillación de la derrota histórica por puro sentimiento fraterno. Se acuerda, seguro, de los besos griegos que nos prodigábamos entonces, sin ningún atisbo de mariconería por supuesto.

Lo cierto es que esa noche habíamos quedado en encontrarnos en el Teatro Municipal porque lo había invitado a ver una demostración de karate en la que yo era uno de los participantes, como miembro del Club de Karate de San Marcos, al que me había incorporado apenas ingresé a la Universidad.

Para entonces ya lucía yo el grado de cinturón marrón, era agilito, trejo, y manejaba los pies con gran destreza; era capaz de romperle la boca de una sófera bofetada, con cualquiera de los pies, a cualquiera que se me pusiera al frente, y estaba ávido de que mis amigos pudieran apreciar mis avances en las artes marciales.

Esa noche yo acompañaba a Chelita, a quien recién estaba comenzando a afanar, mientras formaba cola para entrar al teatro, y al poco rato llegó el Gordo con sus 110 kilos a cuestas, su saco gris extra large y su desbordante personalidad, que hacía contraste con ese laconismo expresivo que hasta ahora caracteriza mi forma de ser. Parece que la extrema locuacidad del Gordo no le gustó a un señor que estaba junto a nosotros, y que le hacía romántica compañía a una damita madurona de aires refinados, saltantes sinuosidades y mirada dulzona, por lo que comenzó a dirigirle miradas poco amistosas al Gordo, como diciéndole amarra tu perro, compadrito, para utilizar una expresión de esos tiempos. Entonces el Gordo, sintiéndose agraviado por el mudo mensaje del extraño, le dijo algo así como qué me mira, señor, no le gusta mi cara?, a lo que el aludido caballero –treintón, macizo, también encogido de estatura como yo- le dijo casi calentándole la oreja izquierda no hables tanto gordo huevón, que ya pareces una vieja chismosa, pero lo dijo masticando las palabras, casi delicadamente, con una sonrisa como para que su pareja no escuche la grosera expresión. El Gordo tragó saliva y me miró desconcertado, con una sonriente mueca que cualquiera que no conociera su bravura pudo haber tomado como un gesto de pavor, pero yo sabía que era una señal de desprecio hacia un hombre entrado en años; sus ojos, sin embargo, me lanzaron una interrogación urgente y ahora qué hago, compadre, lo que yo tomé -ahora sé que equivocadamente- como una desesperada señal de auxilio. La humillación demandaba una satisfacción, y me vi obligado a retar al viejo a un desigual combate –dada mi evidente superioridad- con una pechada que lo hizo trastabillar. Me puse en guardia, desplegando toda la actitud de ataque y defensa que había aprendido en las prácticas de karate. El viejo me miró con displicencia y se dio la vuelta, para seguir el coloquio con su pareja, lo que yo consideré como un desprecio al reto que le había lanzado, por lo que le increpé gallardamente su cobardía, invitándolo a salir al llano. El viejo le dijo algo a su pareja y salió de la cola, haciendo gala de una parsimonia y tranquilidad que exaltó aún más mi creciente belicosidad, y, ya en la calle, comenzamos rápidamente el combate.

Yo tenía, repito, plena confianza de mi superioridad, dada mi condición de karateka joven, por lo menos quince años menor que el viejo, bien entrenado, de músculos cultivados con esmero y prestos a la lid, y desde el primer momento le asesté centelleantes golpes, que mi veterano oponente esquivaba con mucha dificultad, sin atreverse a soltar una ofensiva en réplica a mi devastador ataque. Ya me veía yo triunfante, mientras la gente seguía –podía verlo con mis propios ojos- mi demostración marcial.

En esa combinación de golpes a mano abierta, con mi manos duras como madera remojada, me daba también tiempo para mirar al Gordo y a Chelita, como preguntándoles, qué tal estoy, cómo la ven. En eso al Gordo se le ocurre comenzar a alentarme, vamos Américo, tú puedes compadre, dale un tacle de esos que tú sabes, mientras yo veía que la expresión de Chelita iba adquiriendo matices de angustia que no me explicaba. En ese desconcierto, en ese preciso momento de desconcentración, entre el aliento del Gordo y el patetismo expresivo de Chelita, salió disparado ese tacle letal, pero no lanzado por mí hacia el viejo sino del viejo hacia mi mentón, mi real talón de Aquiles, y, efectivamente, el resto fue silencio. En milésimas de segundos me vinieron los fragmentos cósmicos, la noche estrellada con sus astros tiritando azules a lo lejos, pero sobre todo el viento de esa noche gimiendo y cantando en medio de una oscuridad que me sumió en la nada.

Chelita dice que estoy en un error, que la versión del Gordo es cierta, tanto como mis recuerdos, que cada cual tiene su parte de verdad, y que la verdad es que el viejo nos noqueó a los dos, primero al Gordo y después a mí. Ella, que se sumergió durante mucho tiempo en intensas lecturas psicológicas, dice que la memoria tiene sus mecanismos de defensa que protegen el super yo, para mantenernos en un mínimo de dignidad, pero que en este caso, dada la extrema amistad y cariño que nos profesábamos ambos –sin medida ni clemencia- cada cual se atribuyó la derrota para que el otro no viera afectada su autoestima. También dice Chelita que ambos fuimos tremendamente ingenuos y apresurados, que no nos percatamos de las desesperadas señas que ella nos hacía para que evitemos la pelea, pues ella conocía a ese señor, ya que trabajaba en la Universidad Villarreal, donde ella también trabajaba, como profesor principal de karate y que tenía el grado de cinturón negro, de modo que enfrentarse a dos o tres novatos para él era un juego de niños.

A la hora que lo dice, ¿nos devolverá eso la dignidad, nos quitará lo sufrido, la humillación de la derrota, el drama del nocaut, con sus estrellitas tintineantes y los intentos durante cuarenta años de evitar esos recuerdos?. Chelita ahora es mi esposa y el Gordo sigue siendo mi amigo. Ojalá que haya superado ese estigma y siga siendo el Gordo optimista de siempre. Cuidándose de los vientos, claro, incluso en ambientes herméticamente cerrados –por si se filtra un viento traicionero- para que no afecten sus cuerdas vocales, tan venidas a menos por su apostólico ejercicio de la docencia.

Mayo de 2004.