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LA EXTRAÑA PELEA DEL GORDO CON EL VIEJO EN EL HALL DEL TEATRO MUNICIPAL
Supongo que el Gordo Domíguez, cada vez que ve su foto de cuando empezaba sus estudios en San Marcos, en plena adolescencia tardía, con sus más de cien kilos de peso neto, y compara esa su figura opulenta con el magro cuerpo que tiene ahora pensará si sigue siendo el mismo, ¿dónde se fueron esos cincuenta kilos que se llevaron también la parte más importante de su personalidad?. Sus amigos de entonces y de ahora le siguen diciendo Gordo, lo que para un extraño, ajeno al currículum glandular del Gordo, no parece ser sino una maligna ironía. Había estudiado en el Colegio San Antonio del Callao, de los Hermanos Maristas, de modo que era considerado como un pituco de colegio particular, pero él se empecinaba en reunirse con los proletarios procedentes de colegios nacionales, que éramos los más. Su aire de robusto autóctono más o menos refinado le permitía juntarse con nosotros, a lo que se agregaba –como otra razón aún más poderosa- que había dejado cierta zona cuasi aristocrática del Callao por una urbanización emergente del Rímac, en la ostentosa Calle Monitor Huáscar Sur, a la que ha regresado hace poco, luego de un largo tránsito por Miraflores y San Miguel. Sus refinadas preferencias literarias y una cierta difusa concepción política de izquierda –de la cual se empecinaba en hacer documentado alarde- facilitó su amistad con muchachos impresionables como el Gato Saavedra, el Chino Santa María, ambos del Rímac, y el Flaco Plaza, victoriano –más precisamente del Porvenir- que había terminado la secundaria en la Gran Unidad Escolar Ricardo Bentín, y que era la personificación perfecta de la formalidad pequeño- burguesa venida a menos con la tradicional pendejada criolla alegre y jaranera, entonces la más digna de las virtudes entre los jóvenes que querían sacudirse de la candidez de la adolescencia. Su forma de vestir era insólita para lo que era nuestra costumbre: nosotros en mangas de camisa y cuando apretaba el frío una chompita, apenas abrigadora, mientras que él siempre lucía un saco, preferentemente gris oscuro, que hacía su figura más imponente, aunque para nada elegante. -No sé si habrás leído a Doskoievski, compadre –le dijo en una oportunidad al Gato- pero deberías hacerlo, porque es tremendo. -He leído Crimen y Castigo –le contestó el aludido, algo amoscado (un gato amoscado, se dan cuenta?) por la indirecta acusación de incultura lanzada por el Gordo – y me gustó mucho. -Hummmm, eso de me gustó mucho es muy vago, compadre ¿no tienes una apreciación más crítica? ¿Qué te impresionó de la novela, el argumento, los personajes? ¿No te pareció muy moralista? ¿Por qué Raskolnikov mató a las viejas?. No te has detenido a pensar en esas cosas, y ¿puede haber una prostituta pura, como Sonia, por ejemplo?. Qué harías tú si te encuentras con una putita así, en México, con una muchachita, ingenua, aunque ya descarriadita?. ¿Sólo le tirarías su polvito o tratarías de redimirla hablándole bonito para que se retire del negocio?. Aunque en México la mayoría de putas son ya viejas. Pero Plaza tiene una caserita que tiene un cuerpazo y unas tetas que te dejan cojudo, compadre. Era y supongo que sigue siendo así. Capaz de hablar conmovido por la fuerza moral de Dostoievski y la arrechura inmanejable de los años espermáticos. Sabía de música clásica, escuchaba conmovido a Tchaikovski (la Patética, Dios mío, cómo nos jodía, afectados ya por el Pomalca), había estudiado violín en el Conservatorio, hasta que se dio cuenta que su profesora lo miraba con una inocultable expresión de sos, como pidiendo misericordia, y abandonó el instrumento. Se había devorado a Edgar Allan Poe, a Víctor Hugo, a Turgueniev y consideraba a Dumas, padre por supuesto, como un impostor, un fabricante de aventuras de dudosa credibilidad. Y, no sin razón, presumíamos, se consideraba el hombre más fuerte de la Facultad. En esa época estaba en mis diecinueve años, era macizo, grueso, pero no panzón, por lo que mi figura no era la de un obeso deforme sino la de un muchacho trejo, con un sobrepeso armoniosamente distribuido, que podía resistir –yo mismo los incitaba a ello- sin mayor problema los puñetazos que me lanzaban al abdomen mis compañeros de estudios, la mayoría de músculos precarios y cuerpos esmirriados, por lo que al caminar con ellos mi corpulencia y fortaleza siempre eran notorias. Yo me enorgullecía de esa suerte de descarada energía que parecía fluir de mis adentros y pensaba, también para mis adentros, que podría hacerle frente a todo, porque me sentía como un toro siempre dispuesto al ataque…hasta que ocurrió lo del Teatro Municipal, que se trajo al suelo mi autoestima e hizo que revise la solidez de mi orgullo muscular, porque, la verdad sea dicha, mi corpulencia era muscular casi al cien por ciento. -Gordo –me dijo Américo un día- qué te parece si nos encontramos el miércoles en el Teatro Municipal. Va a haber una demostración de karate y sería bueno que tú vayas, porque de repente te gusta y podrías ser un buen karateca. Sería una demostración en vivo de que un gordo también puede ser un buen practicante de las artes marciales. -¿De qué gordura me hablas, compadre? Toca, toca, golpea, dónde está la grasa?. Bueno nos encontramos el miércoles. No sabes apreciar la fortaleza. Ese día llegué un poco tarde, justo cuando había un montón de gente que pretendía ingresar al teatro porque la función ya iba a empezar. Américo estaba como siempre bien peinadito, tal como su mamá lo mandaba al colegio hacía sólo unos pocos años, formando cola disciplinadamente, cuando en eso viene un señor ya de edad –unos treinta y cinco años, diríamos, por lo tanto un viejo para nosotros- y se pone antes que él, lo que motivó la tímida protesta de Américo, siempre tan considerado él. -Tranquilo, huevón –le dijo, codazo de por medio, el viejo a Américo, quien soportó con un abrupto y desgarrador ¡Ay chucha! la fuerte agresión abdominal del viejo. Yo me percaté de ello y, caballero chalaco antes y después de todo, increpé al viejo: -¿Qué le pasa, señor, por qué agrede a mi amigo? -¿De qué agresión me hablas, gordo huevón? –me replicó el viejo a voz en cuello, a lo que yo, en actitud refleja me puse en guardia, a la defensiva pero dispuesto a repeler caballerosamente el ataque, lanzando expresiones guturales que me salían del alma, en defensa de la integridad de mi amigo. El viejo dejó la cola rápidamente y sin mayores aspavientos comenzó a soltar sus manos, poderosas como piedras, secas como La mano del muerto, contra mis más de cien kilos, mientras yo no atinaba sino a poner una y otra mano para proteger mi cara de sus golpes. Me defendí como pude y recuerdo que en un momento determinado -recuperado ya del sorpresivo y aleve ataque del viejo- mi contraataque parecía contundente, escuchaba el aliento no sé si entusiasmado o lastimero de Américo que decía, vamos Gordo, dale Gordo, así, así, tú puedes, compadre, dale un tacle y yo golpeando casi a ciegas, cruzaba mis puños contra el bulto movedizo que tenía al frente, confiado de pronto en que ya tenía dominado al viejo, a punto de tacle. Lo cierto es que el tacle letal me lo dio el viejo en pleno mentón y caí desvanecido, tras sentir que la cabeza me explotaba como una granada en mil pedazos y que cada fragmento era un pajarito chillón acompañado de su estrellita, y me di cuenta, en ese preciso momento, que los dibujos de los caricaturistas para ilustrar un nocaut no eran mentiras. Recordé entonces a Patterson abatido por Liston, sólo que Liston era más alto y corpulento que Patterson, y por eso ganó, mientras que yo era también más alto y más corpulento que el viejo, y por eso perdí. ¿cómo entender esta paradoja?. Solo recuerdo que desperté media hora después, que Américo no había podido ver la exhibición de los karatecas de San Marcos porque tuvo que auxiliarme, mientras el viejo, según dicen muy campante, se había retirado soltando un ofendido: -Mocosos de mierda, qué se habrán creído, uno viene a ver un espectáculo y termina siendo agredido, huevones, carajo! Recapitulando ahora ese negro pasaje de mi vida llego a la conclusión de que esa pelea la perdí sólo por falta de dirección técnica. ¿Cómo se le ocurre a Américo decirme, cuando estaba en ventaja a punta de tantos golpes de puño que lanzaba a diestra y siniestra, indicarme que le mande un tacle al viejo, a mí con mis ciento diez kilos a cuestas?. Lo único que consiguió fue que el viejo asumiera como dirigida a él esa indicación técnica, mandara como un relámpago el planchazo hacia mi mentón y el resto fue un ominoso silencio. Debo decir, como colofón de esta breve historia, que jamás volví a sufrir otra humillación parecida, ni aún en los enfrentamientos con los moscovitas o los apristas, ya que a partir de entonces me cuidé de ser, en el peor de los casos, un cauteloso espectador, acalorado, incitador y carbonero, siempre a prudente distancia, antes que un actor de semejantes estúpidas peleas. Mayo, 2004.
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