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Luis Santa Maria

 

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Lizardo Santa Maria

 

Carlos A. Saavedra

 
      Por: Luis D. Santa María Alvarado  
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La Llegada

I

Llegó el mes de la primavera, la mañana amaneció brillante, tal vez por eso se le iluminó la mente a Fernandito y concibió una luminosa idea.

 

Claro, se dijo a sí mismo, por qué no voy a poder, a pesar del intenso trabajo que tengo y doble todavía por la malhadada vacaciones de Pérez, almorzar con mi familia o con quien yo quiera el 7 de setiembre, día de mis 58 setiembres.

 

Así, pues, muy ufano se bañó, se acicaló para ir a su trabajo y mientras tanto se recreaba con la idea del almuerzo con su familia el día 7 de setiembre.

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El Iluso Fernandito

S
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Una vez que terminó su desayuno, se decidió a llamar por teléfono a cuanto pariente tenía para comunicarle la buena nueva del almuerzo en el día de su cumpleaños.

 

Dicho y hecho, conminó por teléfono a todos los que estuvieron a su alcance, para almorzar con él de 12:00 a 2:00 el día 7 de setiembre en un restaurante cerca de su trabajo y cuya dirección les indicaría más adelante, eso sí, les advirtió, no se pasen de vivos, el almuerzo será un menú.

 

Acabadas las citas telefónicas , se dirigió a su trabajo, no se concentró mucho en sus clases esa mañana, porque le merodeaba a cada rato por el cerebro la idea del almuerzo y no bien dieron la doce del día salió a estampida del local del Touring, en dirección al restaurante, futuro teatro de operaciones del almuerzo.

 

Llegado al restaurante , se acercó a la dueña de esa cueva de viandas grasosas, humeantes, calientes y sabrosas para su paladar.

 

Le comunicó su luminosa idea de tener que atender el 7 de setiembre a su familia y tal vez algunos amigos.

 

La señora, sorprendida, le escuchó y mientras tanto meditaba cómo echarle un balde de agua fría a esa calenturienta idea. Empezó por decirle que tal vez él no había reparado en la capacidad del local, el cual no daba para su bendito y calenturiento plan; a renglón seguido le manifestó que a su clientela, a la cual se debía, no podía dejarla sin almorzar por atender su pedido.

 

Fernandito, también la escuchó atentamente, pero afiebrado como estaba con su bendito almuerzo cumpleañero, a fin de echar abajo las objeciones de la bendita cocinera, le ofreció pagarle un plus por cada menú, pero la respuesta fue tajante: No hay banquete ni pollo muerto.

 

Quedó muy destemplado, casi ni saboreó su almuerzo y de regreso a su clases empezó a meditar cómo les comunicaría a sus familiares que su brillante y luminosa idea había sufrido una total oscuridad.

 

Nuevamente cogió el teléfono y comunicó la suspensión del almuerzo cumpleañero y no tuvo mejor idea que la consabida excusa de una reunión con directivos del Touring.