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Miguel Angel Malpartida

Miguel Ángel Malpartida (Lima, 1983) Estudia Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha obtenido el Primer Premio en el Concurso ‘César calvo’, organizado por el Centro de Estudiantes y la Escuela de Literatura de San Marcos en el 2001, con su poemario Galería. Integra el grupo poético Coito Ergo Sum. Actualmente ejerce la crítica literaria y prepara un nuevo poemario.

 

Funeral

Estudio poético
para La tempestad (1936)
de Yves Tanguy

I

Bajo el mar
bajo la última roca
sedimentada en el fondo oscuro
llegaste.
Todo es oscuro, mujer
y la muerte
aquí abajo no es
lo que arriba
ni oscura
ni afilada
ni caída violenta.

Sólo es un silencio
sobre cuerpos destruidos.

II

¿Cómo puedo hablarte?
si sólo siento que me mueven
como bajo una piscina techada
y a oscuras de mi mundo.
Sé que rondas por ahí.
Sé que los grandes campos
no respiran ya
bajo mi sombra.
Sé de las aguas muy frías
guiando el ataúd.
Sé que sería igual
estar en el vientre de mi madre
que en este mar abisal.

Delirio

Estudio poético para
Rosa Meditativa (1958)
de Salvador Dalí

I

Una rosa
solamente una rosa
será mi costa
de náufrago.

(Será mi costa, no siento
ya los brazos y mi noche es
un recuerdo triste
un mal sueño)

II

Que su color
seque mi cansancio.

Que sus pétalos confusos
sean por fin
todo mi mundo.

Gala y Éluard

Estudio poético para
Retrato de Paul Éluard (1929)

I

Esta tarde
Gala me ha visitado en el taller
Gala Galatea de las mil esferas
(son mil, las conté)
sentada
y vestida, sin senos que
ofrecer me habló un poco
de Éluard, y todo
todo me pareció A Z U R

Palabras azules navegando
bajo acentos azules y ojos
de color azul terrible.

II

Éluard
definitivamente es azul
Gala
Mi Gala
Es profusamente Éluard

 

Ínsula

Estudio poético
para Paisaje Antípoda (1936)
de Max Ernst

I


Será por siempre un secreto, que algunas noches, entre las
copas más altas de los árboles, mi cuerpo empieza a hacerse
intermitente, sombra indecisa.
Soy una excrecencia trashumante entre los colores del
mapamundi.
Como ya dije, las noches en que se acumulan el tiempo y
la garúa, levanto mi niebla como brazos sobre palmeras
desvalidas, inocentes, y aspiro profundo, y ese olor de tierra
mojada como un despertar da el primer aviso, viaja silente
por entre oscuras pieles flotantes en pantanos, serpientes
ocultas en ojos de agua y fieras cuyo nombre conviene callar
por su monstruosidad…y se convierte en mi exhalación
mas nerviosa, una invitación sorpresiva a huir.
La niebla avanza destructiva y serena, empecinada en tocar
cada tronco resinoso y brote reciente, cada liana que cuelga
como puente fantasma, precediendo a la carga desesperada
de aleteos que en pequeños vórtices sonoros deslumbran por
su color y confusión inconstantes.
Entonces ellos corren casi nebulosos ya, buscando dejarse,
correr más rápido que el latido de sus sienes, mientras huyen
por entre complicados ramajes hacia sus guaridas,
húmedos de sudor y confiados a su suerte, pero,
¡pobres!, sus antros los envuelven también intermitentes, al
igual que los grandes árboles y toda mi jungla, amados todos
por mis brazos de penumbra espesa.
Me conocen bien, saben de mis ratos críticos, de mi nocturnidad
incoherente y solitaria de viajera.
Mi cuerpo entonces de torna suspiro, y los barcos, los
grandes trasatlánticos que llevan miles de ojos a bordo nunca
me encuentran en cuanto isla maciza o bruma superficial que
cabalga los aires, salvo en sueños febriles de camarote que se
desgastan después en la taberna, hasta convertirse en mitos
deformes.
Una vez, y de eso ya hace muchos años, un tal Humboldt,
caballero infalible, rozó mi lado más oscuro, apoyado en la
cubierta, catalejo, brújula y libro de apuntes abierto en una
mano, atento a los copos de bruma fría que intrigaron a los
marineros por su color indefinible.
Poco después cerró la libreta muy despacio, guardó el catalejo
en el profundo bolsillo del abrigo, y se dispuso a ordenar la
cena, no sin antes plantear, en el más correcto alemán, una
tesis tranquilizante a los marineros holandeses (fenomenología
normal en estas zonas del trópico durante el equinoccio de
otoño), pero sin poder explicarle a su conciencia el porqué
de un persistente aroma de flores y desencanto.

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