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Miguel Dante Ildefonso

Nació en Lima en 1970. Estudió literatura en la Universidad Católica del Perú. Perteneció al movimiento poético Neón.Ha publicado los libros de poesía Vestigios (1999), Canciones de un bar, en la frontera (2001), y Las ciudades fantasmas (2002), con el que ganó el premio Copé de Poesía.
Setiembre 2004

La Ciudad Neruda

Enviado por: Miguel Ildefonso

Poeta de los elementos, del cielo estrellado, de los rojizos ocasos, del mediodía del cenit, de las altas cumbres de la tierra latinoamericana, de las llanuras con pueblos chicos y ríos y trenes que llevan alguna despedida, de las playas de arena sin tiempo y de los mares azules y marineros que no vuelven, del compromiso social y político con los pobres. Pero también poeta de las ciudades, de sus viajes por todo el mundo, en donde el Eros se vuelca contra el thánatos para compenetrarse con las nuevas pulsaciones de la modernidad, la alineación, la alteridad, la autodestrucción, la desintegración y el Apocalipsis. Hablar de Pablo Neruda es caminar en un vastísimo territorio. Pero aquí tan solo me referiré brevemente al ámbito urbano de su poesía.

En Residente en la tierra (la primera y la segunda, que comprenden entre 1925 y 1935) nos hallamos ante el hombre solo, con su angustiada existencia, con su búsqueda del ser perdido, con la desquiciante conciencia aguda de la catástrofe y su intento de volver a la experiencia del mito, aferrándose a la poesía como el único lugar posible para la redención.

Esta angustia hermética se da de manera más desgarradora en la urbe; allí intentará “imponer al caos sin significación ideas conceptuales que engendren las más nítidas nociones acerca de lo que hay de estructurado y lógico en el mundo”. A ese estímulo irracional, inconsciente, que busca identificarse con la realidad, Charles Simic llama “surrealismo natural”, lo que anteriormente Amado Alonso denominó una “visión desintegradora del mundo”. Y es que, siguiendo la lectura de Amado Alonso, quien a su vez cita palabras del Retrato del Artista Adolescente de Joyce, lo que Neruda necesitaba “era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba constantemente”.

Es verdad que bajo esta poesía compulsiva, había una mínima voluntad de forma, una forma involuntaria, una voluntad de no-forma. Pero también es cierto lo que dice Mario Benedetti: “Nadie como Neruda para lograr un insólito centelleo poético mediante el simple acoplamiento de un sustantivo y un adjetivo que antes jamás habían sido aproximados”.

La poesía moderna, desde Baudelaire (con su spleen y sus prostitutas), Rimbaud (y su viaje a Oriente), Pessoa (y sus heterónimos), Kavafis (y el goce sexual que fuga), nos ha conducido por calles y avenidas sórdidas, ensimismándose más y más en un intento de huir de la realidad para construir, trascendiéndola, una suprarrealidad poética. Hasta esta etapa de Residencia en La Tierra, Neruda estaba en lo que Hugo Friedrich llamaba “las tres fuerzas fundamentales de la poesía de Mallarmé: ‘Soledad (la situación originaria del poeta moderno), peñasco (ante el cual fracasa) y estrella (la idealidad inalcanzable) que es culpable de todo’”.

En el caso Neruda, es interesante ver que la ciudad es una experiencia que atravesaría (verbo nada desapercibido en este libro) en un tiempo posterior a una infancia “en un ambiente natural y ahistórico, el del Sur de Chile” como hace notar René Antonio Mayorga en su ensayo “Sociedad y Poesía en Residencia en la Tierra...”. Mayorga resalta la “individualísima experiencia familiar de niño solitario y triste que perdió su madre prematuramente y cuyo padre se encontraba siempre fuera de casa, obligado por su profesión de ferroviario”. O en palabras del mismo Neruda, en el poema La Frontera del Canto General: “Mi infancia recorrió las estaciones: entre/ los rieles, los castillos de madera reciente,/ la casa sin ciudad, apenas protegida/ por reses y manzanos de perfume indecible/ fui yo, delgado niño cuya pálida forma/ se impregnaba de bosques y bodegas”.

A los 17 años Neruda llega a Santiago, y se impregna a partir de entonces de otros elementos: “Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas,/ y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,/ y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas,/ y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,/ como un collar de palpitantes ostras sexuales/ rodean mi residencia solitaria, / como enemigos establecidos contra mi alma,
como conspiradores en traje de dormitorio/ que cambiaran largos besos espesos por consigna.” (Caballero solo).

Residencia, “una poesía aglomerativa”, como él mismo lo decía, y que podríamos comparar a las altas edificaciones de la urbe y al gran vacío de la vida cotidiana, fue la travesía previa que realizó el poeta para llegar al abismo: “Las gentes cruzan el mundo en la actualidad/ sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,/ y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que/ designan el cuerpo”, nos dice en Ritual de mis Piernas. Cómo no mencionar también estos versos, tan memorizados en los colegios: “Sucede que me canso de ser hombre./ Sucede que entro en las sastrerías y en los cines/ marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro/ navegando en un agua de origen y ceniza...” Y más adelante: “Sería bello/ ir por las calles con un cuchillo verde/ y dando gritos hasta morir de frío...” Y es que luego, en 1935, en la revista madrileña Caballo Verde, proclamaría una poesía diferente: “Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.”

En el poema La Calle Destruida, el poeta nos conduce a la contemplación visionaria del tiempo. Nos muestra, como a través de una cámara surrealista, una lengua, que encarna a la muerte, que atraviesa por el hierro injuriado de la calle. Lo que intenta el poeta es reconstruir la historia allí aún viva, pero sólo encuentra ira, silencio que palidece, pasos terribles con sombra acumulada. La costumbre ha gastado las cosas: las ruedas, las cigarreras, las cornisas; y las llaves, y los relojes y las flores van muriendo. Todo está decayendo inexorablemente. Al parecer nada se salva, ni la violeta recién partida, ni la corbata, ni el virginal céfiro rojo. Mientras la lengua de polvo podrido; es decir, la muerte, sobre las poblaciones se adelanta “rompiendo anillos, royendo pintura/ haciendo aullar sin voz las sillas negras,/ cubriendo los florones de cemento...” Y “todo se cubre de un sabor mortal/ a retroceso y humedad y herida”. El poeta no halla una explicación clara: “Tal vez las conversaciones anudadas, el roce de los cuerpos, /la virtud de las fatigadas señoras que anidan en el humo,/ los tomates asesinados implacablemente,/ el paso de los caballos de un triste regimiento,/ la luz, la presión de muchos dedos sin nombre,/ gastan la fibra plana de la cal,/ rodean de aire neutro las fachadas/ como cuchillos: mientras/ el aire del peligro roe las circunstancias,/ los ladrillos, la sal se derraman como aguas/ y los carros de gordos ejes tambalean.” Todo cae en los charcos, donde hay “olas de rosas rotas y agujeros”, “futuro/ de la vena olorosa”, “objeto sin piedad”. El poeta sólo se atreve a advertir que nadie circule, ya que el viento es confuso y de color azotado, y la muerte ha establecido su dominio en esta calle. En otro poema, Sólo la Muerte, también utiliza la figura de la muerte como una lengua, dice: “Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,/ lame el suelo buscando difuntos,/ la muerte está en la escoba,/ es la lengua de la muerte buscando muertos.”

El aislamiento subjetivo que provoca la ciudad moderna, ligado a la inhibición del poeta y a su impotencia por transformarla, potencia, a su vez, su anhelo de trascendencia mediante esta poesía lírica, lo cual nos conduce a hablar de hermetismo en Residencia en la tierra. Hermetismo que Neruda lo conecta, como salida (y como fin de este breve acercamiento a la urbe nerudiana), a la naturaleza. Al respecto, y para terminar, Mayorga nos dice que “Rodríguez Monegal ha hecho ver en su interpretación psicológica que el ‘niño triste y perdido’ que era Neruda, busca en su poesía algo así como el retorno a los orígenes, el retorno a la madre perdida que él nunca conoció, y concibe como tal la ‘Entrada a la madera’ donde la madera es el símbolo de la naturaleza y la madre a la vez”

Apolo, 29 de Octubre del 2006.

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