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Miguel Dante Ildefonso

Nació en Lima en 1970. Estudió literatura en la Universidad Católica del Perú. Perteneció al movimiento poético Neón.Ha publicado los libros de poesía Vestigios (1999), Canciones de un bar, en la frontera (2001), y Las ciudades fantasmas (2002), con el que ganó el premio Copé de Poesía.
Setiembre 2004

PERUAYA

Por: Miguel Ildefonso

Cojo como título la canción número nueve que conforma el Cd Coca kintucha (2006) de los músicos Mino Mele y Gisela Pérez-Ruibal para hablar de unos viajes que he realizado en estos tiempos a través de cuatro puntos del Perú. Viajes conducidos por esa relación, que pareciera utópica, entre poesía y vida. No diré los meses en que estuve en estos viajes, porque el tiempo a veces pasa en vano, o a veces no pasa, y otras veces vuelve a esperar. He viajado al “interior” del Perú, casi siempre en bus, cosa que no es problema para mí, porque tengo buen sueño. Y mi sueño es conocerlo todo.

Es así que llegué a Puno, por primera vez. Y lo que, sin voltear siquiera la cabeza, impresiona es el gran lago Titicaca. Pueblos antiguos, costumbres ancestrales, un cielo brillante en donde uno se mira libre de su pequeñez y temporalidad, en donde uno adquiere esa inmensidad casi inalcanzable para el habitante de las peores urbes. Una fresca ciudad en su buena temporada; paseos por las islas, por sus callecitas llenas de cabinas de Internet. Haber viajado un día entero no dejó ningún cansancio. En la noche, un calientito en la calle Lima, conversar - otro calientito más - con los poetas coetáneos que iba conociendo: Darwin Bedoya y Luis Pacho, hablando de Gamaliel Churata, de Carlos Oquendo de Amat que cumplía cien años y cuya casa ahora era una pollería. Ellos junto a Boris Espezúa, Víctor Villegas, José L. Velásquez G., Vladimiro Centeno y Luis Balcona, conforman el consejo editorial de la revista literaria Pez de Oro. Hablábamos del Movimiento Orkopata, del Boletín Titicaca. Asimismo me fui enterando del círculo de escritores llamado Carlos Oquendo de Amat, el grupo Anclas, del boletín De mulas buhós y otros escribientes, en el que pertenecía la poeta Alessandra Talavera, quien conforma el grupo de poetas y escritores jóvenes, como Cristian Reynoso, que estuvieron ligados al centro cultural de La casa del Corregidor. La tierra de Feliciano Padilla, Jorge Flores Aybar, Omar Aramayo y José Luis Ayala, me dejó una buena impresión, el signo de una gran tradición viviente. La última tarde estuve sentado en una Plazuela donde está el monumento al poeta Dante Nava, una tarde soleada como en las que me sentaba en las bancas de la orilla del lago. Allí ahora leía el poema del vate que frecuentaba a Churata y su grupo de poetas en torno al círculo literario THEA, allá por 1926. Este poema lo conocía de años por la musicalización que le hizo en los años 80s el grupo de mi barrio, La Victoria, Del Pueblo:

Soy un indio fornido de treinta años de acero,
forjado sobre el yunque de la meseta andina,
con los martillos fúlgidos del relámpago herrero
y en la, del sol, entraña de su fragua divina.
El lago Titikaka templó mi cuerpo fiero
en los pañales tibios de su agua cristalina,
me amamantó la ubre de un torvo ventisquero
y fue mi cuna blanda la más pétrea colina.
Las montañas membrudas educaron mis músculos,
me dio la tierra mía su roqueña cultura,
alegría las albas y murria los crepúsculos.
Cuando surja mi raza que es la raza más rara,
nacerá el superhombre de progenie más pura,
para que sepa el mundo lo que vale el aimara.

Orgullo aymara

A Chiclayo ya había ido unas cuantas veces. Esta vez presentaba el último poemario de mi amigo Stanley Vega, Danza ominosa, en el Hotel Costa del Sol. El había conformado el grupo de poetas que publicaban la revista cultural Arboleda en los años noventa. Entre ceviches con guitarra me reencontraba con amigos como César Boyd o Fernando que a veces escribe en francés, las ex integrantes de Silueta de Urbes, poetas mujeres jovencitas como Matilde Granados y Fiorella Peña. Luego un paseo por el balneario de Pimentel me recordó que el poeta ex horazereano Juan Ramírez Ruiz había vuelto a vivir a su Chiclayo natal, pero me dijeron que justo en esos días había ido a Lima. El auditorio del Hotel se llenó, se hizo hasta una conversa, en el que salieron a relucir poetas y escritores de diferentes generaciones, preguntando, comentando, proponiendo ideas como hacer recitales en los parques. Conocí al poeta Carlos Ramírez Soto, tío de un amigo poeta barranquito, Juan Soto, quien me entregó su poemario tan celebrado por su sobrino, El orate en su espejo. Y también al narrador Dandy Berrú, autor de El rojo placer de las flores. Unas fotografías en el sunset, el último día, con la cámara digital de Luis Rodríguez, en el que se turnaba Moisés Vargas también, amigos de Lima, y Stanley y su cuñado, entre el muelle desierto, fotos que luego uno pondría no sólo en el Messenger. Y más allá un escenario donde empezaba tarde un festival de rock, chicas en bikini que apenas se veían y nos podían decir un adiós de ensueño.

19

No me moveré dijiste.
Toda partida siempre nos conduce
hacia el mismo lugar.
Estoy cansada.
Y fue en aquel instante que te hiciste
humo.
Y empecé a extrañarte
como mierda.

Danza ominosa

Llegué a Chimbote en vísperas de mi cumpleaños. Un viaje relámpago, sólo para ver nomás, para confirmar, como dice la canción. Y por Zorro de arriba y zorro de abajo, y por Juan Ojeda y por Los Pasteles Verdes. Esas fábricas seguían echando un humo anaranjado. Y un Chimbote antiguo y uno nuevo que se miraban cara a cara. Es conocido en Lima el conjunto de escritores alrededor del grupo isla Blanca. Actualmente también la labor cultural que realiza la revista El Ornitorrinco, dirigida por el poeta Ricardo Ayllón (1969) quien tiene en su haber buena cantidad de libros publicados. Recuerdo el excelente libro de poemas que ganó los Juegos Florales de San Marcos, allá en los noventas, de Javier Gálvez. Sus referencias al mar luego me conectan a la poesía de Eva Velásquez, sobrina de Dante Lecca, Oleaje de mujer. Y también al poeta Antonio Sarmiento, autor de Cantos de castor, y a los más jóvenes Denis Castañeda y a Denisse Farfán, quien me explicaba que había nacido en Trujillo, pero que ya vivía años en Chimbote, que fue integrante del Taller de Artes Plásticas "Palamenco", con el cual pudo participar en varias exposiciones pictóricas de la ciudad, y que tiene publicados Euritmia (2005) y la plaqueta Palabra de Junco. Cerca de Chimbote está Huarmey y allí está el poeta y pintor Teófilo Villacorta Cahuide. Me eché entonces en la arena de la playa Besique, en aquellas últimas horas, la brisa del Pacífico venía como otro final que borra el desasosiego.

Mujer

Una mujer
Llega a la vida
Del hombre
Como palabra
Leída en un cuento
Envuelta en la magia
De su cuerpo.

Oleaje de mujer

Recientemente llegué a Huánuco por primera vez, ya la había conocido antes de pasada y en sus linderos, camino a Tingo María. Ahora iba a presentar el libro de mi amigo el narrador limeño, quien radica allá, Fernando Carrasco (1976). Estuve invitado a leer también en un recital organizado por la revista Letra muerta al día siguiente de la presentación y en la misma casa de Leoncio Prado. Conocí entonces a Abel Valentín Hurtado, Jorge Farid Gabino y David Gonzáles Silva, encargados de editar la revista que ya va por su octavo número. Luego de una rápida y resaqueada visita al templo de las Manos Cruzadas, de donde me traje una pizarra, nos sentamos otra vez en el Trapiche, bar exclusivo de tragos de la selva: uvachado, siete raíces, rc, un sinnúmero, y la última invención de la casa: el marimbachado. En la tierra de Amarilis, de eterna primavera, conocí a Mario Malpartida Besada, autor de los libros de cuentos Pecos Hill y otros recuerdos (1968), Un bolero más, Cercos y Soledades, y otros más. Me dieron un libro de Andrés Cloud también. Andrés Jara Maylle, profesor de la Universidad, me entregó Huanuco y su poesía, antología general, excelente libro perteneciente a una colección de autores huanuqueños que editó la editorial San Marcos. Y conocí a Samuel Cardish, poeta mayor de Huánuco, de ojos claros, y muy parecido físicamente a Charles Bukowski. Este parecido me lo había advertido ya una amiga estudiante de antropología de La Católica, huanuqueña, con quien coincidimos allá en esta ciudad de la Perricholi, ciudad también de la poeta Graciela Briceño y el poeta Esteban Pavletich. Hugo Arias Hidalgo, investigador literario cerreño que labora en Huánuco ahora, y quien descubrió las primeros poemas publicados de César Vallejo y nada menos que en una revista de Cerro de Pasco de 1912, El Minero Ilustrado, tuvo la gentileza de brindarme las publicaciones donde mostró los poemas de Vallejo, editadas por la Universidad Ricardo Palma, así como también la revista que edita en Pasco, Diablo Blanco. Caminaba por la av. 2 de mayo, y en una vitrina vi una gigantografía de un poema de Cardich, abajo una muestra de sus libros y una fotografía de él. Parecía un altar en donde la gente que pasaba se detenía a ver la instalación, a leer el poema. Este es otro poema de Cardich:

Por Desearla Viva

Contra las calles pálidas
y el perfil de setiembre en las tardes grisas;
contra los mensajes premonitorios
que oscurecen la albura de los sueños;
contra la arteriosclerosis y su secuela
de agonía cansina y declinante;
contra el dolor prendido en el cayado
de la aorta, en el vértice del hogar;
contra las notas de una música sombría
que grabó su viñeta de amargura en el oído;
contra las ceremonias de la ausencia y sus misas
diaconadas y sus áridas sentencias en latín;
contra las astillas de sol en las losas
funerarias, en los paisajes de fango;
contra la pírrica victoria de las larvas
y su linaje de sombra;
contra las cenizas de la paz
y su reposo en la vacuidad terrestre;
contra el lento deterioro del corazón
por ser el último en desear partir;
contra los símbolos baldíos del silencio;
contra el incesante vaivén de la soledad.
Por desearla viva:
contra las calles pálidas
y el perfil de setiembre en las tardes grises.

Otra vez en Apolo, aquí detengo esta escritura para continuar otra, para continuar otro viaje.

Miércoles, 22 de marzo del 2006

 

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