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Miguel Ildefonso

Nació en Lima en 1970. Estudió literatura en la Universidad Católica del Perú. Perteneció al movimiento poético Neón.Ha publicado los libros de poesía Vestigios (1999), Canciones de un bar, en la frontera (2001), y Las ciudades fantasmas (2002), con el que ganó el premio Copé de Poesía.
Setiembre 2004

Si soy poeta o narrador es por mi madre; de ella heredé la mayor parte de mi sensibilidad, la melancolía, el humor, la paciencia para contar las cosas, el rescate de la memoria, en fin, en fin, en fin.

RELATOS DE UN BAR EN BUENOS AIRES
De: Miguel Ildefonso

ESCENA PRIMERA

Llegué a de Mayo, entré al café. Lo primero que preguntó fue:
_Ché. Y vos qué sos? Un narrador criosho o un narrador andino?
_ Y qué se shó! Me llegan todas esas boludeces. _ Fue lo que respondí.
Me puse un polo amarisho para que me pueda ver.
_ Ché Jorge Luis. _ Le dije. _ No querés un trago?

(continuará...)

TRIBUTO A CHARLY

_ Me rompé las bolas._ Le dije cuando insistía en saber qué clase de escritor era shó.
Jorge Luis y yo llevábamos dos botellas de vinos en el Café Tortoni. Todo era en blanco y negro. A la cuarta decidimos ir al Annabell's. Al dirigirnos a la puerta para salir, los fantasmas sentados de Alfonsina, de Julio, de Oliverio, de Alejandra, nos dijeron bueeeenaaaaa. Estaban ebrios también. Caminamos por de Mayo rumbo a Corrientes. La noche era fresca. Llegamos a Riobamba, 374, Carol esperaba a Jorge Luis y Abril a mí. Ponían música de Charly García, todas las canciones que ponían eran del flaco de bigotes de dos colores. Era un tributo. Las chicas bailaban en un pequeño estrado. Un par de tragos más y Jorge Luis concibió el Aleph, su próximo cuento a escribir. Me habló en francés de Cherteston, en inglés de Kafka.
_Ché, quieres un faso?_ le pregunté.
_Por supuesto?_ Fui al baño y armé el porrito. Lo encendí, y así encendido salí y le invité. Abril también quiso. Ella era de Rosario, la tierra del Ché, dijo orgullosa.
_ Hey, ché Borges _ le dije a mi amigo_ sé que si llegaras a mi barrio los muchachos en la esquina te dirían: qué tal, viejo, ché su madre. _ Jorge Luis rió.
A la hora ya nos sentíamos inmortales.
_ Quiero que mi obra perdure, no importa si se olvidan quién fue Borges; me importa que la obra ... Así como Homero ... Me entendés?
_Claro, ché, pero no te pongas triste _ Le dije_. Creo que mejor nos vamos. Te llevaré a tu hotel.
Caminamos de nuevo por donde habíamos venido. Empezaba a garuar.
_ Se me va la visión. _ Me confesó.
_ No te preocupes. Ya casi llegamos. _ Faltaban unas cinco cuadras. Al entrar al Hotel Castelar nos dijeron que ya todos habían llegado; es decir, Alfonsina, Oliverio, Julio, Alejandra, y un invitado más, uno nuevo: Federico.
_Federico?! _ Pregunté. Le dije a la recepcionista: mañana vendré a por él. Borges fue conducido por el botones a su habitación.
Salí. Caminé dos cuadras hasta mi Hotel Mundial, en el mismo de Mayo. Me quedé dormido. Desperté a las 10 am. Me bañé, me puse mi traje blanco, y salí a buscar a Federico. Todo estaba a colores ahora. Era una mañana en colores. Colores los edificios sucios. Colores las muchachas bellas que movían sus grandes culos. Colores las zapatillas de los jóvenes porteños. Colores los autos viejos. Colores el cielo nuevo. Y por eso tal vez había una placa de bronce en la entrada del Hotel Castelar que decía: aquí vivió Federico García Lorca, entre octubre de 1933 y mayo de 1934.

YO CONOZCO DE TI

A 200 metros de la Estación de Santos Lugares, me senté. Tenía unos días viviendo en Flores. Escuchaba los trenes pasar. De noche los trenes vienen, de día se van, me decían. Vivía en un tercer piso. El calentador a gas hacía ruido día y noche. El olor a gas se mezclaba al de la madera vieja, así como mi sangre al vino. Por una ventana se veía el techo de otra vieja construcción. Bajaba las escaleras, atravesaba un callejón angosto y largo, y salía del edificio ocre: árboles secos de invierno, prostitutas en la esquina de la calle Bacacay que cobraban 20 pesos. Caminaba hasta la otra esquina, doblaba y llegaba hasta el riel. Allí se paraban unos hombres a esperar su suerte, fumando, hablando entre ellos. Yo caminaba hasta la Plaza Flores. Compraba una botella y un pancho de a peso y medio, y me regresaba al edificio. Hasta que un día, de pronto, de la nada, como empezó todo, decidí cambiar mi rutina; decidí dejar de embriagarme, dejar de escribir, dibujar, y caminé a lo largo del riel, adonde sea me llevase. Me detuve a 200 metros de Santos Lugares. Un tipo flaco se me acercó, me dijo: "Estoy muy solo y triste en este mundo de mierda." Yo lo conocía, hasta tenía su disco, era el ché Tanguito. Dijo eso nomás, y se fue. Es extraño, poca gente me habla, pensé. Luego vino un tipo con acento peruano: "Oye, Luchito - me dijo -, sé lo que vas a hacer. No lo hagas." ¿Quién eres tú?, le pregunté, no lo reconocía, yo estaba ebrio, aún estaba ebrio de la última botella que había comprado en la Plaza Flores. "¿No me reconoces? A mí me has estado enviando tus relatos por email. Bueno, uno de los destinatarios." Cuando le iba a decir algo, al creer darme cuenta de quién era, desapareció. El humo de su cigarro se quedó mezclado con la neblina. Yo tenía 36 años. Había salido de Apolo, había salido de Jesús María, había salido de El Paso y de la Herradura, había salido de todas partes. Sólo me traje mi frazadita. No necesitaba nada más. Me eché a esperar, abrazado a mi frazadita. De día los trenes vienen, de noche se van, mentían.

M.I.
7 de agosto, 2005

EL ULTIMO TANGO CON CHICHA EN BUAIRES

Pedí una Inca Cola en el restaurante peruano del Chato Alex. Estaba borracho, le dije a Gilda. "No, mujer, vos eres un fantasma, no eres real." Ella no entendía. Seguí: "Todo el mundo lo dice. Vos moriste en el kilómetro 129 de la Ruta 12." Ella decía, casi al borde del llanto: "No me arrepiento de este amor,/ aunque me cueste el corazón,/ amar es un milagro y yo te amé,/ como nunca jamás lo imaginé." Yo me ponía duro. Pedí un Quilmes. El mozo peruano hablaba como argentino. Gilda no entendía: "Tiendo a arrancarme de tu piel/ de tu recuerdo, de tu ayer,/ yo siento que la vida se nos va/ y que el día de hoy no volverá." "Amigo -me dijo el mozo-, ¿con quién hablás?" "Qué mierda te importa"- le dije suavemente. Volví la mirada a Gilda, pero ella ya no estaba allí. Sólo su voz se quedó en el aire: "Después de cerrar la puerta/ nuestra cama espera abierta/ la locura apasionada del amor/ y entre un te quiero y te quiero/ vamos remontando al cielo/ y no puedo arrepentirme de este amor." Todos los peruanos se pusieron a bailar, entre platos de pollo a la brasa devorados y platos de arroz con pollo devorados. No sé cuánto tiempo pasó cuando llegó Karla. No sé si me había quedado dormido. "¿Miguel- me dijo ella-, no me prometiste que ya no ibas a tomar?" Su cabello asabache me volvía loco, che. Y ella tenía su canción también. Empezó: "Nunca sabrás cuánto te quise,/ nunca sabrás cuánto te amé, mi amor/. Me enamoré de ti pedidamente, amor,/ pero el que más sufrió: tu corazon." Le había dicho, ciertamente, que iba a dejar de tomar. Ella no me daba tiempo para explicarle, y seguía: "Qué lindo fue soñar contigo, una ilusion que no realizaré,/ eres culpable, tú, por no sentir mi amor,/ ahora quieres volver, pero ya es tarde." El mozo se detuvo a mi lado otra vez, me preguntó: "Che, tú eres de La Victoria, ¿cierto?" "Bueno, sí" - le respondí. "Lo sabía, cuñao, yo también." - dijo emocionado el muchacho. Se fue. Karla también, e igualmente, como antes Gilda, su voz empezó a mover a esas almas exiliadas, bailando al compás: "Sentí tu piel al lado mío, sexo y amor, pasión, sentido, respiracion, mi amor, lo que sentí por ti, y al despertar, mi bien, no estabas tú." El mozo volvió, trajo una botella de cerveza Cristal, y dijo: "Esto sólo es para los de mi barrio. ¡Arriba Alianza!" Yo nunca había sido del Alianza Lima, pero le dije: "¡Arriba!" Y bebí con fruición la última cerveza de mi vida mientras Karla seguía cantando: "Lágrimas por lágrimas la pagarás,/ por lo que le has hecho a mi corazón,/ llorarás recordando (bis), shorarás recordándomeee..."

Apolo,
2005, agosto, 28.

COSAS MIAS
Caminaba a eso de las 3 de la tarde por Bacacay, en Flores. Había quedado en verme con Nadina Oz. El azar hace el azar, pensaba. Había recibido un relato de Alejandro Dolina, y sus rastros ahora estaban aquí diciendo: “El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no está en casi ninguna parte. Sin embargo, en medio de las infinitas desolaciones hay una buena noticia: el amor.” Millones de seres en ese momento estaban en las computadoras, conectados al internet, tratando de hallarse en aquella perversa inmensidad. Yo caminaba por Flores, “Hey, compadrón”, saludaban. “Hey, reo”. “Hey, tanguero”. “Hey, guarro”. “Qué hace, man”, respondía yo. “Qué hace, chavón”. “Qué talco, guarango”. Doblé por la calle Rojas, por el barrio del Angel Gris, hacia la calle Artigas. Entré al Bar del Infierno, allí vi a Dolina, su melena larga de la época de la Cueva del Pueyrredón. Cantaban los Huanca Hua. Dolina me dijo: “Sentáte aquí, che… “¿Dónde estás viviendo?” En Bacacay, respondí. Dijo: “Hay una calle en Flores en la que viven todas las novias abandonadas.” En su mesa estaba Jorge Allen, el Poeta, y Manuel Mandelo. En otra mesa vi a los Hombres Sensibles. En otra a los Amigos del Olvido. En otra a las Mujeres Hermosas. Y en otra a las Chicas con Novio. “Che -dije a Dolina al rato-, tengo que irme sha”. “Compare, tráela nomás”, dijo con su franca sonrisa, y añadió: “A que no sabes, güey, quién va a estar aquí más tarde? Tú te lo pierdes.” “Ok., no tardaré”. Bajé del taxi en la calle del Valle Iberluceo, en la Boca, y entré al Bar La Ribera. Allí sentada tomando un vino estaba Nadina. Yo pedí un Quilmes Tanque. Nadina pidió otro vino. Después yo otro Quilmes, y luego el vino que ella tomaba… Tomamos un taxi rumbo al Bar del Infierno, atravesando la perversa inmensidad, ebrios. Nos sentamos en la mesa de Dolina. Y en el instante, cuando en el escenario hacía su aparición Miguel, todos se pusieron de pie. Y Miguel, sin mediar palabras, empezó con la primera, “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí”. Putamadre, yo no lo podía creer. Nadina tampoco. Pero allí estaba Miguel, y ahora con la segunda, “Lunes por la madrugada”, y todos bailando, coreando, y Nadina llorando de alegría, y yo putamare sintiendo haber hallado por fin un lugar de putamare en esta perversa inmensidad de la vida hecha de tanta mierda, recon….are.
Miguel Ilde. Universo, 2005.

CONFESION

Andres Calamaro y Enrique Bunbury caminaban aquella tarde de julio por la av. Corrientes, estaban borrachos, cuando escucharon una canción que les pareció muy linda. Ellos, que creen en el error humano, se metieron a aquel barcito. Los tangueros tomaban, fumaban, por ahí una empanada, y en silencio escuchaban esa canción de Enrique Santos Discépolo... Acabó la canción. Hubo un silencio de sesenta segundos. Cuando se dieron cuenta era el año 1931. Y así con una botella y vasos en las manos, empezaron a dúo a cantar esa misma canción de la pm:

Fue a conciencia pura
que perdí tu amor...
¡Nada más que por salvarte!
Hoy me odias
y yo feliz,
me arrincono pa' llorarte...
El recuerdo que tendrás de mí
será horroroso,
me verás siempre golpeándote
como un malvao...
¡Y si supieras, bien,
qué generoso
fue que pagase así
tu buen amor..!

¡Sol de mi vida!...
fui un fracasao
y en mi caída
busqué dejarte a un lao,
porque te quise
tanto...¡tanto!
que al rodar,
para salvarte
solo supe
hacerme odiar.

Hoy, después de un año
atroz, te vi pasar:
¡me mordí pa' no llamarte!...
Ibas linda como un sol...
¡Si se paraban pa' mirarte!
Yo no sé si el que tiene así
se lo merece,
sólo sé que la miseria cruel
que te ofrecí,
me justifica
al verte hecha una reina
pues vivirás mejor
lejos de mí..!

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