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Miguel Ildefonso

Nació en Lima en 1970. Estudió literatura en la Universidad Católica del Perú. Perteneció al movimiento poético Neón.Ha publicado los libros de poesía Vestigios (1999), Canciones de un bar, en la frontera (2001), y Las ciudades fantasmas (2002), con el que ganó el premio Copé de Poesía.
Setiembre 2004

Si soy poeta o narrador es por mi madre; de ella heredé la mayor parte de mi sensibilidad, la melancolía, el humor, la paciencia para contar las cosas, el rescate de la memoria, en fin, en fin, en fin.

SÓLO QUIERO QUE EMPIECE OTRA VEZ LA FIESTA

¿Qué podemos decir de Miguel Ildefonso? Parte de su nutrida obra poética forma parte de antologías peruanas y extranjeras. Su presencia no se deja extrañar en los recitales, y su apoyo a los jóvenes poetas es una marca registrada. Sin querer queriendo su nombre ha aparecido últimamente en crónicas y en novelas. A estas alturas del partido, no es una exageración afirmar que Miguel es el poeta más representativo de su generación. Su obra lo afirma.

Gabriel Ruiz-Ortega

1. En Narciso, uno de los poemas de tu primer libro, Vestigios, se lee lo siguiente: Desde que nacemos estamos en poesía. Miguel, ¿sigues creyendo lo mismo?

Sigo creyendo que aun en oscuridad, en tinieblas, tipo Contumazá por ejemplo, la poesía es ese brillo del cuerpo o la prolongación de la inocencia de aquella primera luz. Un rezago, un vestigio, un hálito. Por otra parte, la vida también es poesía, y eso te asegura cierto campo de ilusión, de magia, de vuelo, de futuro encuentro. Aquel poema habla de la respiración, del habla, del primer llanto, del primer grito, de la primera exhalación, de la primera palabra. Lo más bacán de la poesía es que se puede entender, no por lo que dicen las palabras, sino por lo que del conjunto, incluido los silencios, se extrae; a pesar de que la poesía habla de cosas incomunicables. La poesía es el pensamiento que respira, vive y da vida.

2. Una de las cosas que se percibe en Vestigios es ese diálogo entre lo libresco y lo vivencial, pero cuando este libro se somete a varias relecturas sale a flote un tópico del que muy pocas veces se ha hablado: el amor.

Aquel tópico es el que une a las secciones de aquel libro de poemas, además del otro: la muerte. Son secciones que corresponden a libros diferentes, libros no truncos, sino libros a los que les faltó esa cosa que lamentablemente lo mueve todo, el vil dinero, para haber sido publicados en forma completa e independiente. De ahí aquel título del libro. ¿Cuál es la pregunta? Ah, sobre el amor. En toda mi poesía está presente aquel bicho. La poesía también, si seguimos jugando con las definiciones, es el vestigio del amor. Yo no podría escribir tanto enamorado y feliz como cuando el amor se ha ido, cosa que ocurrió mucho. Escribo demasiado, y no solamente por ese tipo amor. Nunca busqué escribir, ser escritor. Tampoco creo que sea una condena. La poesía vino, y se quedó en mí. Una necesidad jodida, sí. Las publicaciones, los premitos, todo eso viene luego, como consecuencia de una toma de conciencia. Los libros y la vida van a la par. Sthepane Dedalus es más real que el ministro de energía y minas, la literatura muchas veces es más real que esta vida que vivimos en conjunto y a la vez.

3. Referentes como La Parada, punto neurálgico de lo que es el Perú migratorio, han servido para tu poesía, pero ahora me interesa saber hasta qué punto han influenciado en tu vida estos referentes populares y cuánto les debes a ellos.

Ese lugarcito está presente en muchos poemas y relatos, cierto, es una metáfora de lo que es Lima o el Perú. Pienso también en toda una movida desde la pintura de Humareda (que vivió en el Hotel Lima, doblando por Gamarra) a Quijano; la música de Polem, Del Pueblo, Mojarras; o la poesía de Hora Zero y Kloaca. Debe ser porque está cerca de Apolo, la Tierra de Nunca Jamás, donde re-vivo. Nací en Apolo, pero eso no quiere decir que sea netamente apolíneo, sino, siguiendo a Nietszche, hay algo de dionisiaco en todo esto. Periódicamente voy por allá para ver vida, trabajo, gente que suda, grita, ríe, se embriaga, a montones, y no es tan peligroso, eh, sólo hay que saber andar. Y los zapallos, los limones, las lechugas frescas, hay toda una naturaleza viviente, y eso me interesa de lo popular, pues hay toda una sabiduría y un instinto color verde que es arte, como la chicha, y allí pienso en Chacalón, en Vico, en Guinda. Me gusta Federico García Lorca, y por ahí también va este tratamiento cariñoso, respetuoso, duendístico y crítico con lo que es aquel arte de colores chillones y sonidos agudos. Arguedas enseña, es un maestrazo, y no sólo desde el punto de vista intelectual, a apreciar o valorar el folclore. El fue a La Parada un día antes de su suicidio. Y Ginsberg y Burroughs estuvieron allí también. Además, mis raíces y mi piel, hablan, cantan y bailan por sí solas (índices como cuchillos). Mi amigo el poeta Pancorbo está ligado a los danzantes de tijeras, y cada cierto tiempo me invita a ir a sus festivales. Antes íbamos frecuentemente a las fiestas chicha, al Palacio de la Cumbia, a la Catedral de la Cumbia. Qué bravo era todo eso. Otro amigo, Yuca, me llama siempre, y vamos al bar Candela, junto al Mercado Mayorista, el único bar en el corazón de La Parada donde ponen rock, y van los estibadores y pequeños negociantes rockeros, y que está abierto las veinticuatro horas.

4. Sigamos con las deudas, La rosa de la espinela de Martín Adán se deja sentir con fuerza en tu primer libro, como si los pétalos de la rosa te permitieran seguir por diferentes cauces en los que no dejas de chorrear harta reflexión. Muchos dicen que este libro, ya sea por tu trabajo en imágenes y en temas, es el mejor logrado poéticamente. ¿Lo sientes así o tienes otra percepción?

No sé si el más logrado, yo no podría juzgarlos. Y me revienta un poco hablar sobre lo que he escrito. Pero, sí, sé que hay más reflexión a raíz de su polisemia, mayor densidad en sus imágenes, mayor abstracción, intelectualismo, etc. Tengo otro libro más adaneano, y más Rosa de la espinela, a ver si sale a luz alguna vez. Adán es otro que me gusta, sobre todo el de Machupichu y su Diario de poeta. Además me conecta a Hölderlin, otro ícono, y loquísimo también. Apolo es mi torre a orillas del Néckar, mi Larco H., siempre vuelvo a allí. Estos poetas son un bosque infinito. Toda esa metafísica, esa densidad incolora a veces, pero llena de ebriedad y excesos y destellos y alturas que así nomás no se llega. Son como partituras, colores fuertes y únicos. Es necesario mantener la incordura, el fuego loco de eso que se llama alma. Un poema sin “alma” no es ni mierda. Hay una anécdota de Adán con Juan Ojeda, cuando se fueron de perdida con otros jóvenes poetas, me lo contó Chacho Martínez, que en paz descanse, quien también pasó esos días de borrachera con la leyenda. Pero mejor otro día te lo cuento.

5. ¿Tu madre llegó a ver la publicación de Vestigios?

No. Tampoco leyó algo mío. Sólo se enteró que escribía poesía, así como el resto de mi familia, por un par de premios que gané. Publiqué libro recién en 1999, y eso para que no se me pase el milenio, o para que no me deje la Combi de la Generación del Noventa, jajaja, mentira… Ella falleció el 97. Si soy poeta o narrador es por ella; de ella heredé la mayor parte de mi sensibilidad, la melancolía, el humor, la paciencia para contar las cosas, el rescate de la memoria, en fin, en fin, en fin. Ella no necesitó tal vez leer nada mío, pues yo siento que ella habla a través de mí. Hay un poema de Neruda, poco conocido, se titula La Guillermina, es uno de los poemas que más me gusta, y acaba así: “y luego y luego y luego y luego/ es tan largo contar las cosas./ No tengo nada que añadir./ Vine a vivir en este mundo.” Lo máximo.

6. ¿Cómo te acercaste a Bukowski?

Entre tragos, el cansancio por la literatura exquisita, la desolación y el vacío. Primero fue de oídas, y por eso me causaba algo de desconfianza, pues no me entran así fácil los que están de moda. Por ejemplo, ahora leen a Auster un montón de personas en el mundo, no me interesa estar al tanto de la moda. En realidad no busco autores. Encuentro. Nos encontramos. Ya te llegará el momento, Paul. Buk estaba en un bar de Apolo, y también lo vi en Texas. Leí a Dostoievsky allí donde lo leyó él, en la Biblioteca Pública de El Paso. Dormí en la misma banca donde él durmió, en la Plaza de Los Lagartos. Ahora sí se puede decir que lo busco, pues es ya mi amigo y maestro. El no enseña a escribir, así como Bunbury no enseña a cantar, sino a cosas mayores, a enfrentarte a la soledad, a la muerte, al desamor, en fin, a todas esas putas. Hay un poema de Buk, traducido por mi pata Hanz Polilla, que dice: “los locos siempre me han amado/ y los subnormales./ desde el jardín/ la escuela primaria/ secundaria/ y la universidad/ los indeseados siempre se/ me pegaban./ chicos con un brazo/ chicos epilépticos/ chicos con defectos de lenguaje/ chicos con una mancha blanca/ sobre un ojo,/ cobardes/ misántropos/ asesinos/ fenómenos/ y ladrones./ en las fábricas y cuando/ vagaba/ siempre atraje a los/ indeseados./ ellos me encontraban y se me pegaban.” Así fue.

7. ¿En qué contexto social y político fue que empezaste a moverte en el ambiente poético?

En la entrada de Fujimori, y los últimos momentos bravos de Sendero Luminoso. Leí en muchos eventos cargados de política. Yo nunca me he alineado en ningún partido o directriz. En mi casa siempre tuve libertad de elegir, de pensamiento, de voz. Con mis hermanos debatía desde pequeño, yo soy el menor de siete, todos salidos de universidades estatales, y siempre la política ha estado presente, desde la figura paterna. Siempre he tenido mi propio pensamiento. Sólo me agrupé a un movimiento poético en esos años del noventa, Neón, pero de la misma forma estuve mucho en toda la movida en general con Katerva, Estación 32, Cultivo, etc. Para mí todos aquellos grupos eran uno solo: esa apuesta por la poesía y ese desprecio por los partidos políticos y la cultura de la basura, y para nada, también, con aquella actitud de alpinchista o del indiferente, sino de manera activa, leyendo en las calles, los parques. Ser poeta, por ello, era (y es) poner los pies bien fuertes en la tierra. Y todo tuvo un significado, un para qué, y en este sentido cayeron algunos amigos como Carlos Oliva y Juan Vega. Oliva se echaba en la pista y desafiaba a los carros, cosa que hacía Juan Ojeda antes. Luis Hernádez es otro que me gusta, gran amigo.

8. Acabas de mencionar a Neón y Carlos Oliva, todos sabemos de lo que fue este grupo poético, sin embargo, ¿te molesta que se siga manoseando a la persona de Carlos Oliva puesto que no se habla mucho de su obra poética que de por sí es importante?

No creo que no se hable de su obra. Hay un libro por salir desde Arequipa que recoge su poesía editada, que es el libro que dejó armado, Lima o el largo camino de la desesperación, y los poemas inéditos que se han podido conseguir, los que guarda la familia. Hay un narrador que ha terminado su doctorado en Austin y que en su próxima novela tendrá un personaje inspirado en Carlos. Y también está el proyecto de homenaje en una revista de Cusco. Son gente que no lo ha conocido. Eso es lo mejor que le puede pasar a un poeta, Carlos estará fumándose un porrito de contento. En mi libro de relatos, que espero salga pronto, también le dedicó una parte. Están algunos textos críticos que estudian su poesía, como el de Paolo de Lima.

9. Hace unos meses la poeta Victoria Guerrero declaró que la generación del 90 es la generación de la resaca, ¿hasta qué punto viviste esa resaca?

¿Ah? Yo empiezo a tener mis primeras borracheras al empezar esa década, y con Neón y Cultivo, y toda esa movida, que la llamo: la Secta del Perro o la Gran Fiesta de Rimbaud. Se tomaba Cien Fuegos, vino de cajita chilena, o el hasta hoy campeón Cartavio. La resaca la siento más bien hacia el 2000. La fiesta se me acabó a finales del noventa, por eso vi la necesidad de publicar libros recién. Y esa “huida” al desierto de Harar de El Paso. Y hoy, que casi no tomo, estoy en mi mejor momento creativo, haciendo hasta letras de canciones. Sólo quiero que empiece otra vez la fiesta, hasta podría animarme a cantar, sería como Andrés Calamaro y su Salmón con 600 páginas de poesía.

10. Muy pocos conocen tu anécdota de cuándo tuviste que comunicarle a tu familia lo del cambio de carrera, ¿puedes contarnos dicha historia?

Pues nada. Sólo que yo empecé a estudiar Odontología en San Marcos, luego entré a La Católica a estudiar Derecho. Pero me torcí, y derechito y calladito me fui, luego de casi dos años de abogacía, a Literatura. Yo quería conservar el secreto, ser una especie de Hombre Araña. Nadie en mi casa sabía que escribía, sólo que me encerraba en el cuarto día y noche. Sólo saldría por la ranura de la puerta la música de The Doors, de The Cure, de Smashing Pumpkins, de Beethoven, algo de mí. ¡Esa época!, muy volado sin saberlo, o muy en mis telarañas. Y eso que nunca he consumido o he sido asiduo a las drogas, ah. Pero un día llamaron a mi casa, para anunciar que había ganado los Juegos Florales de la Universidad. Les dijeron: “señorita, será un error, aquí no hay ningún poeta.” Y otra vez la voz en el teléfono: “el poeta se llama Miguel Dante Ildefonso Huanca.” Entonces no quedaba más que creer.

11. ¿En qué año partiste a Estados Unidos?

En 1999. Como te dije, la fiesta rimbaudeana, por decirlo así, acabó. Viajar era algo que sabía que iba a ocurrir tarde o temprano. Lo necesitaba. Y sucedió, ni temprano ni tarde, viajé simplemente. Además me interesaba conocer al monstruo por dentro. Volví a Perú luego del 11 de setiembre, era otro contexto y nueva guerra, ya era demasiado para soportarlo.

12. ¿Fue la primera vez que salías del país?

Sí. Iba a lo que sea, ese era mi espacio de libertad, sin esperar nada, que es el mejor modo de viajar o de recibir las cosas. Era lo mejor que pude hacer en ese entonces, y por ese lado tenía también mis expectativas como el vivir el imperio y enfrentarlo a punto de mi peruanismo o de mi apolismo.

13. Háblanos del Paso, ¿qué fue lo que te llamó más la atención?

El sol, el desierto, al aire acondicionado, las chicas, los cactus, la música, las calles vacías, las avenidas, los bares, los alacranes, el orden. En el libro de relatos que saldrá, espero pronto, cuento algunas cosas de esta ciudad de la frontera. Me sentí como ese final ambiguo de La Hora 25, de Spike Lee, cuando a Edward Northon le dice su padre que lo va a llevar hacia el Oeste, huyendo de la justicia, que allá tendrá otra vida, que pasará un desierto donde se puede hablar con Dios. En El Paso encontré ese silencio que no hallaba en Lima.

14. ¿Qué es lo que te fastidió de USA?

Como en todo país, sus gobernantes, sus políticas. En este país, sobre todo, esa doble moral y esa gran estupidez. Por lo demás, me gusta su rock, su cine, sus paisajes, sus ciudades. A mí me encantan los grandes espacios, sean naturales o de la metrópoli. Hice buenas amistades.

15. Hablemos de tu segundo poemario, Canciones de un bar en la frontera. Cuando lo releo pienso en Zurita, en el tema del desierto como tópico literario ¿Concordamos en la misma impresión?, y si es así, ¿cuánto le debes al poeta chileno?

Este libro nació primero del desierto de Lima, zona Pachacámac, y el desierto de esta urbe gris. Luego lo empaté con el desierto de El Paso. Nunca escuché recitar en vivo tan bacán a alguien hasta cuando vi a Zurita en la U. de Lima, años 93 creo. Y su poesía, ni hablar, muy buena, qué decir. No sólo a mí sino a muchos los influenció esto del desierto. En este mi libro hay un poema donde le hago tributo, Epica de las tribus, y a mí también me fascina Dante, además que es mi segundo nombre, ¿no?. No hace mucho Raúl me dijo que ese poema y el libro son de putamadre, y yo qué decir, qué sentirme. Gracias Zurita cachay.

16. En la revista Ajos y Zafiros 3/4, el crítico Víctor Vich aseveró que este libro carece de miedos estéticos y que resulta muy difícil definirlo por el hecho de que exploras distintos recursos llegando a aturdir al lector con la avalancha de versos que salpican. Miguel, ¿en qué estado emocional escribiste aquel libro?

Quería que el libro sea así, variado, de muchos matices, polifónico, lleno de collages, fragmentario, algo de lo que es mi obra en general. Por eso hay poemas muy antiguos, sólo que la onda se unifica por esa sensación visceral de la desolación y el amor. El amor que ya no está, la pérdida del amor. Siguiendo ese punto de vista, Vestigios sería la exploración del amor, Canciones la pérdida del amor, y Las Ciudades los extravíos posteriores. Pero lo más probable es que todos mis libros no signifiquen nada, no me gusta forzar las cosas. Escribo mucho, y nunca trato de repetirme, cada poema es una búsqueda, nunca el encuentro de una fórmula; eso me estimula, el proseguir y seguir. Por eso mi obra puede ser muy impar y dispar.

17. Indudablemente que Canciones de un bar en la frontera es tu poemario más intenso, me da la impresión que éste tuviera un mensaje subrepticio al que hay que codificar, ¿podrías hablarnos del epígrafe con el que arranca este libro?

Ese epígrafe no es mío, sino viene, digamos, de un sueño. Un sueño que aun vive allá en ese desierto, que es una extraña dimensión que brota de sus erosiones. Oye, pero en todos mis poemas hay mensajes a decodificar. Sean estéticos, intelectuales, vivenciales, o especialmente para personas determinadas. Otros dicen que este es el mejor libro que he publicado. No sé, no me gusta releer mis libros. Así como tampoco me gusta leer el mismo poema en los recitales, algo que por flojera sobre todo he estado haciendo en estos tiempos, y que por eso ya no quiero participar en recitales un buen tiempo.

18. ¿Qué impresión tenías del Perú cuando estabas en El Paso?, te hago esta pregunta porque justo en esos años aquí se vivió toda la sinvergüencería fujimontesinista.

Como seguramente a muchos que salieron, también me cayó alguna amenaza de la dictadura. Pero, bueno, allá leía el periódico más de lo que ahora lo hago aquí. Es que ya no me interesan mucho aquellos cuentos, ya las historias son conocidas. Esa sinvergüencería se hizo evidente o pesada en esos años, cierto, y yo volvía a Lima de vacaciones, y me volvía a juntar con unos amigos, e íbamos a las marchas, entre gases, etc. Una imagen última de todo esto fue al final de la Marcha de los Cuatro Suyos, luego de haber llegado a la Plaza de Armas, descansando en el grass frente al Palacio de Justicia, con mi pata Abel, y otros dos: Daniel F y Piero B. No hubo descanso, pues otra vez nos tiraron los gases. Desde su muerte se usa polos con la cara del Che, pero qué difícil que vuelva a aparecer alguien que tenga si quiera la mitad de Ernesto.

19. Regresaste en el 2002, año especial ya que ganaste el Copé, pero han pasado varios años ya, y el tiempo siempre ofrece la distancia objetiva para ver la verdadera magnitud de los logros, ¿Consideras que el Copé cambió tu vida?, ¿o crees que los premios son fruto del azar y que no te preocupas tanto por ellos?

Quizás dure un momento el dinerillo, algo más la impresión de que lo que escribes ha tenido una lectura favorable o aceptable. No tengo al respecto las cosas tan claras. Lo que me sorprende del arte es que yo meto mucho de mi propia vida, hasta con nombres y todo, y que eso luego tenga categoría de arte, y que sea reconocida como tal, pues es recontrabacán. Ese libro que ganó el Copé es muy desenfadado, muy renegón de la poesía, yo hago por eso allí una elección por la vida, de ahí la razón de las dedicatorias a mis amigos, etc. Para nada me ha cambiado la vida. Sigo teniendo los mismos buenos amigos, y los malos también.

20. Quien mejor que tú para hablarnos de la movida poética en Lima, tu presencia en los recitales se hace sentir cada vez con mayor fuerza y es indudable que eres una referencia para los jóvenes. ¿En tus mataperreos existenciales con Neón había tanta pose como sí hay hoy en día?, ¿qué poetas jóvenes son los que te llaman la atención?

Por lo que conozco encuentro más pose en la época de Neón que ahora, sólo que ahora es más fácil publicar libros. De los poetas jóvenes, conozco a Alexandra Tenorio, a Alessandra Talavera, a Elsie Ralston, a Cecilia Podestá, a Giancarlo Huapaya, a Diego Lazarte, a Álvaro Lasso, a Miguel Malpartida, muchos me llaman la atención por una y otra razón. La poesía es un arte de trabajo, paciencia, humildad y perseverancia, todo ello con el matiz oximoroso y amoroso de la lucidez y la locura.

21. Has dicho algo muy importante, la humildad y perseverancia, pero justo este par de características están fuera de la nueva parcela de jóvenes poetas, al menos en gran número, y tú sabes bien que los parricidios literarios tienen que estar anclados en un conocimiento de la tradición poética. ¿Te consideras ya parte de la tradición poética?

Por favor. Cuando estaba en el colegio pensaba que todos los poetas tenían barba y cara de …, mejor no lo digo. Leí a Heraud y cambió esa idea, y me animé a escribir más. No creo que a Javier le preocupara tanto estar “ya” en la Tradición. Eso más suena a Don Ricardo Palma, ¿no? Yo aun ni sé si realmente soy poeta, no me importa. Aun me resisto a decir que soy poeta. Sólo pienso en los poemas. Y, claro, para eso uno debe conocer al máximo la tradición, y de todas las lenguas. Pessoa es otro que me aloca.

22. Cuando uno lee el MDIH tiene la sensación de estar recorriendo un poemario premunido de violencia, desazón e impotencia. Para mí, éste es tu mejor libro, pero no puedo dejar de decirte que parece ser el fragmento de un proyecto mayor. ¿Es cierto o es simplemente una impresión?, y si ésta es una certeza, ¿cuán grande es dicho proyecto?

El libro se escribió por el año 95, y, sí, son muchos poemas que aun faltan tipear en la computadora. Yo escribo en cuadernos, algo que aprendí de Luchito pues, aunque yo no tengo tan buena letra, ni amigos que me publiquen, por eso a ver ¡cuánto esperaré para que salga el conjunto completo de este libro! Fuera de bromas, es un libro digamos social, algo que no está tan a la moda, pero eso me vale, ¿no? Uno escribe por impulsos más anárquicos, destructivos, que por estar en la armonía artificial de la vida. En este libro hablo de las desapariciones, de una juventud frustrada, de las represiones, del amor como entrega, inmolación y subversión. Todo proyecto poético es grande, grandioso, aunque ese proyecto solo sea el escribir un hayku. Hay homenajes también, al Vallejo de España, a Lorca de Poeta en Nueva York, a Ginsberg, a los surrealistas, a los Velvet Underground, etc.

23. Recibiste una mención honrosa en Caretas y ganaste el concurso de cuentos de la Asociación Peruano Japonesa con tu libro Por partido doble, ¿por qué demoran tanto en publicarlo?

Es otro misterio.

24. ¿Puedes hablarnos de tus planes en narrativa que tienes en carpeta?

Tengo ya otro que sería la continuación de este libro que saldrá de dicha Asociación. Y otro más de hace muchos años, que aun sigo corrigiendo. Y planes varios, que no me gustaría adelantar. La narrativa me vino junto con la poesía, sólo que la poesía es una amante acaparadora, absorbente. Ya le di su gusto mucho tiempo, ya está más calmadita ahora, por eso me permite coquetear con la narrativa más a mis anchas. Además me gusta Joyce, Miller, Salinger, Carver. Hace poco estuve en Argentina, me alojé al comienzo en casa de un poeta porteño, Cristian de Napoli, en un lugar llamado Flores y específicamente en la calle Bacacay. Al regresar escribí un relato corto, que habla de esa calle, y como siempre envié a un grupo de amigos. Uno de ellos por email, también por esos días, me envió un cuento, decía escrito por Alejandro Dolina, yo pensé que el cuento era de este amigo mío, y que su seudónimo era Dolina. Antes ya había leído cuentos de él y recordaba que usaba un seudónimo parecido. No leí aquel cuento en mi correo hasta días después, y para mi sorpresa trataba la historia en Flores y en la calle Bacacay. Eso me hizo pensar más que era la respuesta de mi amigo a mi cuento, pero estaba muy bien escrito, era un cuento bien bacán. Le pregunté a mi amigo, me dijo que efectivamente no era de él, que lo había sacado de internet, y, es más, que ni siquiera lo había leído totalmente. Así conocí a Dolina, un tipo que transmite un programa radial de literatura desde el famoso Café Tortoni, y ese cuento pertenece a una serie que trata en Flores. Una amiga argentina, Nadina, me ha dateado más de este escritor. Y algo así estoy empezando a escribir sobre La Victoria. Lo geográfico es algo que me ha marcado el Ulises, todo Joyce en realidad.

25. ¿En cuánto te ha ayudado la poesía en esta nueva etapa como narrador?

Cierta precisión, economía de lenguaje y la musicalidad, creo yo. La narrativa ayuda mucho a la poesía también, siempre leí novelas y relatos. Y hasta más estimulante me parece la prosa que la poesía en la actualidad. La poesía se ha convertido en un juguete muy subjetivo, casi caprichosa y autista.

26. El amor es un tópico que siempre ha estado en tu obra, pero me gustaría saber en qué etapa de tu vida lo has vivido con mayor intensidad. ¿De cuando eras joven o en esta supuesta edad de madurez?

El amor no sólo es un estar maravillosamente vivo, es una flecha que da sentido a tu pasado, y una bomba que abre ese futuro irreal. Aun en esta “primera madurez”, no deja de ser tan jodidamente maravilloso. Yo conocí el amor de chiquillo, a los tres años creo fue, y se fue, siempre se van. Lo único que me quedó de las cientos de páginas de la novela de Bolaño, esa de los detectives, fue una frase, algo así como “la poesía sirve para conquistar mujeres, pero no para retenerlas”. Esa mi historia del primer amor la cuento en el relato que ganó el premio de la Guay. La poesía siempre ha estado en mí, pues el amor siempre se ha hecho la tercia. Mi amor es dantesco y “mi” poesía igualmente.

27. Alguna autocrítica después de una larga ruta recorrida.

He engordado.

 

 

ALICIA EXPULSADA DEL PAIS DE DAFNE

A Gabriela

En la orilla extraña
solo en el abierto campo de la muerte
hecho de palabras
sólo después de haber perdido los caminos
ya sin esperar a llegar a la casa de las aspiraciones
en la silueta de los párpados
tensos los bordes
que no alcanzo a tocar en el sueño
porque el sueño tiene otro borde
sin lira sin manos
como dos ojos por donde el mar lejano
quisiera entrar
la muchacha y la muerte
los amantes que abarcan lo llano de lo real
mis dedos como ramas de sangre
reflejándose en el agua tranquila
una hoja seca que ha perdido la carrera
la fronda que se abraza a los postes
los pájaros de vacío como un eclipse
se detuvieron en medio de la batalla
con la suspendida contemplación de la oruga
sin haber nacido roto el hilo del amor
el aleteo hacia dentro del niño
la gota del animal del cielo que cayó en la vereda
antes había dado con la ventana cerrada
en el cristal opaco del infinito
el líquido ciego anhelaba la transparencia
la centelleante tierra estaba cubierta de hierba muerta
de orina de perros de clavos oxidados
nosotros nos preguntábamos qué quieren estos perros
la abeja corría hacia la flor
el pistilo se excitaba siendo ya cadáver
vacía, oscura, dando pasos hacia sí mismo
se acercaba a sus latidos llegaba por fin
donde la materia se descomponía en sonidos
la luna entraba en la carne como el colmillo del perro
mordiendo el cemento
parecía un bicho en una gota de agua
y en ese holocausto divino se engendraba el movimiento
de la muchacha
constante e infinito como la resurrección del hongo
y los insepultos zapatos rotos caminando a la tienda
la muerte mientras tanto tomaba café
observando la absoluta tristeza sobre las casas
como un paisaje de hojas acostumbradas al invierno
y los inocentes gatos haciendo lo imposible para olvidar el frío
la rosa arrojó sus rutas como un abrazo
a los niños que jugaban en la palpitación silenciosa de la tortuga
lo rescribían todo nuevamente
el perro había enterrado a la rosa y había olvidado el lugar
alguien le había dicho que corra
que ría en nombre de todos
que si dice algo que sea aquello que todos quisieran decir
que si de pronto se detiene que sea cuando todos
quieran detenerse
tenía una oreja escuchando al caracol que subía por el muro
así como a la enredadera atrapando el tiempo
sepultada la cuna
la última vez que escuché la voz del sueño era perder
el lenguaje del agua
un periódico voló como el ave del paraíso
la destrucción era el musgo al pie del muro blanco
sobre el que dormitaba un gato
y el óxido de las rejas se desprendía como rostros
cuando la mañana menstruaba bajo las alas de un ángel de yeso
la muchacha veía que la garúa no era verdadera
la inmundicia no era la vereda que se mojaba
ese silencio que todo lo permitía se fue derruyendo en lo verde
la muerte dijo: “el vacío
es el corazón de mi exilio”
desde lo alto veía la ciudad bañada en gris
una expresión detenida
palabras que caían como capas de pintura de las azoteas
la poesía siempre era otra cosa más
había una distancia entre un poste y otro poste
desde la esquina plateada como un ejército de bicicletas
la larva soñaba con reinos de palabras
y en el agua empozada en la depresión flotaba
el cuerpo de la tarde
las cortezas sinuosas tocadas por el farol danzante
se arruinaban con espadas de palo
la rama donde se posaba el ave se estremecía en su larva
que colgaba del invierno
hasta llegar con el mismo rostro hasta la esquina
hasta que retorne la palabra no habrá palabra- dijo
no habrán niños que corran hasta abrazar al desvalido sol
cuando se va la mitad o la tercera o la milésima parte
del poema se va el poema
y la tarde en que la muchacha entró al árbol
ella buscaba una rosa que había visto una mañana
cuando saludó al arco iris
había tanto color en ese punto del universo
que de tanto desear fue haciéndose nada
lo imperecible en el suspendido aliento
había otro lenguaje bajo los cipreses y los ficus
las bisagras no conocían candados
y el invierno era el fuego lento que ardía en la cocina
allí no emigraban las aves sino al contrario
el barro secaba luego en las formas de la ceniza
la muerte entonces se pegaba en la ventana
daba su primer grito que limpiaba el cielo
húmedo como el hocico del perro
nadie, por eso, pensó en volver al silencio
dentro de él se derrumbaba la creación
la muchacha estrujó el aire y el mundo siempre estuvo allí
ella pertenecía a aquellos que sólo llegaban al camino
para seguir caminando

Miguel Ildefonso - Poema inédito

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