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URGENTE MEMORIA II

De la siempre todavía olvidada ‘Guerra Silenciosa’ que protagonizaron -veinte años antes de hace veinte años- ciertos misteriosos héroes andinos: insomnes bailarines invisibles.

Desde Munich,  escribe: Ofelia Huamanchumo de la Cuba.

 

“Tout sera oublié et rien ne sera répare” Milan Kundera.

(Epígrafe a Redoble por Rancas)

 

Cuando hace veinte años ochos periodistas – ignorando el negro destino que en Uchuraccay les esperaba -   marcharon en comisión de trabajo hacia la sierra alta de Ayacucho, hacía ya veinte años antes un insigne poeta peruano de la llamada Generación del 50, autor de versos como “Hay que vivir ausente de uno mismo / hay que envejecer en plena infancia / hay que llorar de rodillas delante de un cadáver / para comprender qué noche / poblaba el corazón de los mineros” [1], se dirigía por enésima vez también hacia las serranías  – aquella vez a las de Cerro de Pasco -  con el afán de buscar la verdad.  Manuel Scorza era el nombre de aquel valiente. Hasta sus oídos sensibles al dolor y la injusticia habían llegado los rumores sobre la manipulación de las noticias oficiales en torno a unas matanzas de campesinos en los Andes Centrales. Se trataba de pleitos de tierras que envolvían a poderosos hacendados y a una compañía minera internacional.  Sólo un informe de César Hildebrandt publicado en la Revista ‘Caretas’ diez años después de sucedidos los hechos cuestionaría los acomodos periodísticos de aquel entonces: ‘‘En marzo de 1962, aproximadamente treinta comuneros en busca de tierra fueron masacrados por fuerzas policiales.  [Sin embargo...] ‘Sorda tensión crece en Pasco’ era el titular de ‘Expreso’ el 3 de marzo.   El 5 de marzo, ‘La Prensa’  abría su edición así: ‘Mueren ocho comuneros al desalojar fundos en Cerro de Pasco’.  Pero al día siguiente su corresponsal rectificaba: ‘Operación Desalojo de Fundos de Pasco ha dejado 15 muertos’.   La versión definitiva de ‘La Prensa’ sería dada el 7 de marzo: ‘Ocho muertos sería el total en Desalojo’. ’’ [2]

En los comienzos de los años sesenta los pobladores de esas zonas altoandinas de Cerro de Pasco, que al igual que Uchuraccay se ubican a una altura que supera los 4000 m.s.n.m., acogieron a Manuel Scorza de buen ánimo, porque tenían confianza en los intelectuales, gracias a los incipientes contactos políticos habidos con el  Movimiento Comunal del Perú, a través del cual Scorza había publicado algunos manifiestos, en los que denunciaba la prisión de dirigentes de Cerro de Pasco, la negación al derecho de reunión entre comuneros y la preparación de la masacre de las comunidades de Yanahuanca y Yarusyacán.  Scorza ya visionaba: “Ni como intelectuales, ni como ciudadanos, ni como hombres podemos sentir estimación hacia nosotros mismos si guardamos silencio frente a este drama.   Ha llegado la hora de decir que si nuestras justas reclamaciones no fueran atendidas, se llevaría al país a la violencia y al caos.   [...]  En esta hora crucial de su historia, que atraviesa el país, ha llegado el instante de preguntarse si los comuneros del Perú son o no peruanos. Ha llegado el momento de preguntarse si los millones de indígenas, que constituyen nuestras comunidades, tienen algún derecho o si para ellos existe solamente el hambre, la miseria y la violencia. Al comenzar la conquista del Perú los españoles discutieron si los indios pertenecían o no al género humano. Demandamos a la Justicia y a la Historia que esa respuesta todavía es negativa en el Perú.”[3]

Pero los desalojos masivos que terminaban en masacres continuaron. A las comunidades de Uchumarca, Rancas, Chinche, Chacayán y Yanahuanca Manuel Scorza volverá varias veces luego de los terribles acontecimientos para recolectar información en fotos y grabaciones. Veinte años después, en mayo de 1983 en París, Scorza lo confesaría:  “Recogiendo testimonios recorrí durante muchos meses la zona de manera clandestina, cuando después de 1962 en Cerro de Pasco se siguió el estado de sitio. En la práctica era muy difícil moverse,  era muy peligroso” [4]. Si bien al comienzo el poeta quiso sólo acoplarse a las protestas pacíficas, que pretendían respaldar con manifiestos las denuncias de los abusos del gamonalismo y la compañía minera, se hizo luego a la lucha junto a los comuneros,  para llegar a la triste conclusión de que en el Perú el calendario anual de los pueblos más olvidados del altiplano tenía cinco estaciones: ‘primavera, verano, otoño, invierno y masacre’[5].  Cuando toma conciencia de la gravedad de las cosas y al borde de inmolarse inútilmente en manos de los desalojos policiales, Scorza decide regresar a Lima y denunciar como se pudiera las injusticias; pero sus esfuerzos no prosperaron porque el problema del poblador andino no despertaba el interés de nadie,  ni poderosos ni intelectuales le hicieron caso.  Es más, acusado de instigador, bajo riesgo de encarcelamiento, tuvo que exiliarse voluntariamente del país. Así, al darse cuenta de la inutilidad del discurso de la Historia decidió valerse de la Ficción confirmando lo que creyó siempre, que la literatura era el primer territorio libre de América Latina.

 Manuel Scorza escribió entonces su primera novela Redoble por Rancas (Barcelona: Planeta, 1970), a la que seguirían cuatro más,  Historia de Garabombo, el Invisible (1972), El Jinete Insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La Tumba del Relámpago (1979), que conformarían un ciclo novelístico bautizado como La Guerra Silenciosa, al que finalmente incluso la crítica atacaría con una conspiración unánime de silencio, a pesar del número impresionante de lectores a nivel internacional. Para Scorza los libros constituyeron así un recurso de apelación: “Cuando en América Latina se pierden todas las instancias - por ejemplo, cuando en un combate humano un Gobierno masacra a todo un pueblo -, entonces queda la posibilidad de escribir un libro, y el libro reabre el debate. La rebelión de los comuneros de Cerro de Pasco –  una de las miles de rebeliones que recorren clandestinamente nuestra historia continental -  hubiera desaparecido en el olvido” [6]. Efectivamente Redoble por Rancas (1970) reabrió el debate y el propio presidente Velasco Alvarado el 28 de julio de 1971 se vio obligado a liberar al ciudadano Héctor Chacón - que aparece con el mismo nombre como personaje, apodado ‘El Nictálope`, en la novela - nombrándolo símbolo del sufrimiento de los comuneros del Perú. Del mismo modo, el presidente  Morales Bermúdez anunciaría más tarde precisamente en Rancas la continuación de la Reforma Agraria.

Esa guerra silenciosa fue, como el mismo escritor anunciara en el prólogo de la primera novela, “una lucha solitaria, la que en los Andes Centrales libraron entre 1950 a 1962, los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las cartas militares de los destacamentos que las arrasaron”.  Se trató de una guerra acallada, que nadie quiso reconocer y que todos quisieron relegarla al olvido. Los misteriosos héroes andinos que la protagonizaron lograron, sin embargo, resucitar de la muerte en vida dentro de la magia y la fantasía de la pluma de Scorza, casi todos con sus nombres originales, salvo algunos cuantos que el autor modificó “para proteger a los justos de la justicia”.  En esa guerra acallada Héctor Chacón – el Nictálope – desafió al Juez Montenegro y terminó en prisión; Fermín Espinoza - Garabombo, el Invisible -  confiado en su invisibilidad, ya que la justicia nunca lo veía al quejarse o reclamar, se enfrentó al ejército para morir abaleado  y con eso demostrarles a sus seguidores que el único camino de solución era continuar con una lucha armada organizada;  Raymundo Herrera – el Jinete Insomne – resiste el sueño durante años confiado en que alcanzaría justicia por las buenas hasta que se da cuenta que sólo les queda la violencia como camino para enfrentar la indiferencia de los poderosos; Agapito Robles – un danzante con su  poncho de colores – también se decide por las armas; no obstante, cuando cree haber alcanzado la victoria se convence de que los poderosos son indestructibles y opta por enfrentar las masacres con su danza que, de tan bella y tan noble, fue capaz de encender fuego y avanzar incendiando el mundo; Remigio Villena – un comunero supersticioso – al creer ver el desastroso final de las comunidades en las imágenes bordadas - de una derrotado dios Inkarrí - en los mantos que una ciega había tejido creyendo describir el futuro, los quemará para destruir el mito y dejar que el destino de la comunidades de Cerro de Pasco dependa sólo de la valentía de sus comuneros.   Finalmente, todo conduce a la muerte de ese relámpago que significó, por brillante y fugaz, la lucha de los campesinos de esa parte del país. Los políticos e intelectuales que se habían adjuntado a la lucha junto a ellos son apresados o huyen y el destino de los más oprimidos queda como una herida abierta, llena de dolor y de rabia por la impotencia y la inutilidad de la sangre derramada, cuya pus acaso veinte años después seguiría afiebrada. En una entrevista, precisamente hecha por Jorge Luis Mendivil, uno de los periodistas muertos en Uchuraccay, al preguntársele a Scorza si no pensaba que el relato novelado – que exigía siempre alguna dosis de ficción –  hacía perder la autenticidad al testimonio de los hechos,  el poeta responderá: “No creo que la ficción le quite autenticidad a la historia; al contrario, pienso que se la aumenta. Deja de ser testimonio, pero gana la verdad artística”   [7].

Aquella revolución armada  - llevada a los extremos del terrorismo -  que Scorza había advertido ver venir, tuvo que ser enfrentada por los sucesivos gobiernos de Belaúnde, García Perez y Fujimori. Más tarde, en momentos de busca de reconciliación y verdades Toledo se pone la banda presidencial en el Cuzco y el Alcalde de Lima retira la estatua de Pizarro de la Plaza Mayor de la Capital. Pero esos gestos se olvidarán.  Para reinvidicar a los campesinos y mineros relegados de los andes hace falta imprimirlos en la Memoria Escrita. Ningún gesto honorable bastará mientras en los libros de Historia del Perú de la Secundaria sea apenas un párrafo, un reglón o nada el espacio dedicado a las revueltas campesinas de esos héroes andinos acallados; y mientras en las universidades se discuta poco o nada sobre las causas del surgimiento del terrorismo.  El estado de olvido y desamparo no habrá cambiado para los pobladores de la sierra mientras ellos no ocupen un lugar en el Discurso Oficial de la Historia. Ahí empezará la verdadera reivindicación de los relegados de la sociedad como punto de partida para proponer el encausamiento de su fuerza y vitalidad hacia objetivos pacíficos, para que no se haga de las matanzas sangrientas en nuestras serranías un tiempo de ciclos vigésimos.

Si los estudiantes de hoy saben dónde está Uchuraccay, pero no tienen ni la mas mínima idea de dónde está Uchumarca entonces no hemos avanzado nada. Nada nos garantiza que dentro de veinte años alguien recuerde la matanza de Uchuraccay.  Sólo cuando el drama de esos insomnes bailarines invisibles ingrese a las Enciclopedias de  Historia, entonces los muertos y caídos podrán dormir por fin en paz, vencerán ese insomnio de siglos, perderán su categoría de invisibles ante una sociedad que no quiere verlos y elevarán sus melodías hacia el cielo, no para una danza guerrera, sino para un baile por la  paz. ***


 

[1] De: Canto a los mineros de Bolivia, obtuvo Premio en Juegos Florales de la Universidad Autónoma de México (1951).

[2]  Hildebrandt, César. “Garabombo, el de la Historia”. En:  Revista Caretas,  n° 469,  junio 22 – julio 6, 1972. 

[3] En: Expreso.  Lima,  12 de diciembre de 1961.

[4] Modesta Suárez.  “Manuel Scorza habla de su obra”. En: Socialismo y Participación,  n° 27, abril 1984, Lima.  (Entrevista en París,  seis meses antes del fallecimiento de Scorza, ocurrido en noviembre de 1983).

[5] De: Cantar de Agapito Robles. Caracas: Monte Avila, 1977,  pp.22.

[6] Manuel Osorio.  “Conversación con Manuel Scorza:  ‘Desde sus orígenes, toda la literatura hispanoamericana es mítica’ ”.  En: El País.  Madrid,  15 de julio de 1979.

[7] En: El Observador.  Lima: 11 de abril de 1982,  pp.7.