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HISTORIA PERSONAL DEL 90
(Grupos poéticos de Lima en la década del noventa)
Por: Miguel Ildefonso


 

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Íbamos por la segunda botella de Cienfuegos cuando escuchamos una explosión que provino de algún lugar del Centro de Lima. Era hora de quitarnos a otro lado, salir del Centro de la noche, alejarnos de la luna menguante. Agarramos la botella de Cienfuegos y fuimos hacia el barrio de Carlos en el Rímac, atravesando el puente Santa Rosa, guiados por unas luces de neón que parecían conducir más bien hacia una cruz que había en la punta del cerro San Cristóbal. Carlos Oliva, Juan Vega, Rubén Grajeda, Mesías Evángelista y yo, a paso lento, nos fuimos alejando de esa explosión que ahora se había convertido en ráfagas de metralletas. Bajo el puente Mira Beau fluía el Rímac y sus amores. Justo habíamos estado hablando de las bombas caseras que habían reventado en San Marcos, el día del recital que habíamos organizado como grupo. Había sido la mañana de un viernes 17 de mayo (1990), en el que estaban presentes en el Auditorio de Letras otros grupos jóvenes de poesía como Noble Katerba, Estación 32, y poetas nuevos de la Garcilazo, La Católica, Lima, Quilca, lo mismo que poetas mayores invitados como Pablo Guevara y Enrique Verástegui, con música de Virgen Sideral y Rafo Ráez. Yo había sentado a la Belleza en mis piernas y la había injuriado, y me había ido (tras ella toda molesta) del evento antes de que sucediera aquel boom tras boom. El evento no se detuvo ni en el momento mismo de las explosiones, me contaban. Concluyó, bacán, y luego como siempre a celebrar con chelas y yonque allí por La Curva. Ahora Nirvana tocaba a la una de la mañana en el pequeño toca casete de Carlos. Y siempre, junto a The Doors, Pink Floyd y Cristina y Los Subterráneos, siguió Kurt Cobain y su banda tocando cuando nos reuníamos en calles, parques o bares, con más poetas veinteañeros del grupo Neón como Paolo de Lima, Roberto Salazar, Silvia Miranda, Carlos García, Milagros Salcedo, Isabel Matta, Olga Saavedra, Angel Marin, Eli Martin, Héctor Ñaupari, José Galinno, Paul Saavedra, Nagel Díaz, etc. (¿Te recuerdo, Amanda?)

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Era una mañana de invierno, luego de haber bailado toda la noche a Charly García, Santana, R.E.M., The Cure, en la casa del dueño del santo, Juan Ramón Carrasco, hermano de Lawrence. Ellos, Juan Ramón, Rudy Pacheco, Eduardo Braga y Renato Salas, se hacían llamar Cultivo. Luego de haber embarcado a las chicas; junto a José Pancorvo hablando de poesía, caminábamos hacia las viviendas de San Marcos. De pronto Renato encontró tirado a un lado de la Universitaria la cabeza de un conejo de peluche. Lo cogió y exclamó: “¡Dionisio, has vuelto!.” Dionisio era el dios de los Cultivo, era anarquista, rockero, aunque también le gustaba la trova. Y como si la Secta del Perro de la urbe griega se hubiera reencarnado en el grupo que ahora iba oliendo a floripondio, todos comenzaron a adquirir conductas extrañas: Juan Ramón se fue corriendo a mear en una cabina telefónica, Pancorvo comenzó a patear a los carros, y el resto, incluido yo, hicimos otras fechorías que mejor no las cuento. Llevamos en procesión a Dionisio hasta la vivienda de estudiantes. Recordé que una semana atrás le había roto la puerta a patadas a alguien que creí _ en esa noche de concierto subte con Leuzemia _ se había llevado a mi princesa a su cuarto. Renato cogió su guitarra y comenzó a rolear sus trovas, y de rato en rato cada uno leíamos poemas en honor a Dionisio. Al tiempo volvió a desaparecer físicamente Dionisio, pero su espíritu se mantuvo entre nosotros.

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Me habían invitado a leer en un bar a la espalda de la avenida Colmena. El grupo Noble Katerba en pleno estaba en el local, Johnny Barbieri, Roxana Crisólogo, Iván Segura (que fue de Neón también), Gonzalo Málaga, Leoncio Luque, Manuel Cadenas, entre otros. Yo llegué borracho; había estado toda la tarde por mi barrio, Apolo, libando con un amigo de la infancia, Yuca, a quien lo volvía a ver después de varios años. Fue uno de los recitales que más recuerdo porque leí por primera vez un poema a lo Verástegui, El Sueño de las huacas, un torrente verbal que lo leía casi con orgasmo. A Iván lo había conocido antes de Neón inclusive, era el enamorado de la hermana de una amiga. Ella al enterarse que yo escribía poesía me presentó a Iván. Nos hicimos patas rápido, hablando de surrealismo y de Borges. Con Johnny, tiempo después de esas nuestras primeras lecturas, estábamos en San Marcos en un recital que no recuerdo ya bien. Johnny había ido solo, únicamente para ver a su admirado Enrique Verástegui, a quien yo había llevado a San Marcos. Enrique quería tomarse unas cervezas antes del recital. Nos dijeron en el momento que el evento tendría un retraso de dos horas. Teníamos tiempo suficiente. Fuimos a un bar de La Curva. Yo me senté en medio de los dos poetas. Ambos morenos, con la cabellera ensortijada como se usaba en los años setenta. Increíblemente allí Johnny nos confesó que era la primera vez que hablaba con Enrique, que siempre le fastidiaban porque su look era parecido al de él. Yo me mataba de la risa viéndolos a los dos frente a frente. Verástegui era del grupo poético Hora Zero que, al igual que Noble Katerba, pero casi veinte años atrás, había sido conformado por estudiantes de La Villarreal.

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Aquella tarde, luego del recital en La Cantuta, nos encontrábamos en las afueras celebrando en una cantina tipo campestre. Estación 32 era el grupo que nos había invitado. Miguel Velázquez, Enrique Palma, Rafael Hidalgo, Eduardo Rado, Yuli Tinoco, entre otros, eran del grupo chosicano. Otros poetas cantuteños como Raúl Jurado y poetas aliados del grupo, como Angel Berdejo Miro Quesada y Gustavo Diez Canseco, también se encontraban presentes. Con ellos estaban Willy Gómez, Rodolfo Ybarra, y yo. La bebida era caña con gaseosa, y entre los cerros el sol iba cayendo dejando sus destellos en el río y en el brillo del riel y en las pupilas de la memoria. Una cigarra se posó en la cima seca de una roca que sobresalía de las aguas. Una gota, de pronto, le salpicó a la cigarra. La cigarra media confundida, tomó un respiro hondo y se tiró a la corriente de las aguas. Ya estábamos ebrios. Muchos de los que habíamos estado esa tarde nos fuimos a Lima, a seguirla en un recital en la Municipalidad de San Luis, organizado por Leoncio Luque. Allá se nos unieron otros poetas más. La seguimos en una cantina que quedaba en un parque. Raúl decía ser Tristan Tzara y “El Che” Miguel Velázquez, Malcom Lowry, los mejores poetas del Perú. La música era de Sui Generis y Calamaro. Y antier (2004) estuve en La Cantuta con un nuevo grupo, bajo el mismo sol, discípulos de Lowry, es decir de “El Che” Velázquez, hablando de poesía como siempre, y unos tragos de más. Y más allá otra cigarra se arrojaba a la corriente del río heraclitiano.

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Geranio Marginal era un grupo ligado a La Católica, que hacía poesía y prosa, y como todos, caminaba, caminaba por las calles sin cesar, llevando su implacable humor negro. Allí estaban Víctor Coral, Marcel Velásquez, José Medina, Manuel Rilo, el Chino Broy y Josemári Recalde. Recuerdo a Josemári caminando en la madrugada por Tacora, siguiendo al grupo Neón, que nos íbamos a La Victoria, a continuar la juerga por mi barrio. Recuerdo a Josemári en Puruchuco, en el Pub de una antigua enamorada. Hasta allá fuimos paras seguir celebrando la lectura que habíamos tenido en la Universidad de Lima. Josemári era urbano, de Magdalena, amante de la poesía de José María Eguren, que conoció el ayahuasca de la selva peruana, y a través de aquel brebaje chamánico se internó a otra dimensión más pura, fuera de las envidias y mezquindades terrenales que nos deparan en esta vida. Antes de él se habían ido a ese mundo al que ya llegaremos todos, Carlos Oliva, Juan Vega y Elí Martín. Josemári se fue, increíblemente cercano, dejando un libro a la luz del sol de Lima.

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Otro grupo de La Católica era Vanaguardia. El Perry Falconí, Arturo Higa, Carlos Solano y Miguel Kudaka, principalmente, movían a este grupo, que fue el primero de todos los grupos noventeros en sacar una revista. El chino Kudaka se nos fue, solo, en una noche fría, y se nos fue como mucha de nuestra poesía, la llamada Generación del Noventa. Pero yo recuerdo, un concierto cerca a La Católica, un sito conocido en esos años, tocaban varios grupos. Y allí pogueábamos el Perry, Carlos y yo, cantando Sentimiento fatal de Los Violadores. Y por ahí también pogueaba Billy Sánchez.

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Más tarde aparecería el grupo Inmanencia, en La Católica también, con Enrique Bernales, Carlos Villacorta, Florentino Díaz, entre otros. Neón también se volvería a rearmar cuando Rubén Grajeda, ahora llamado Leo Zelada, regresó luego de unos años de sus periplos por toda América. Ahora Neón era Harold Alva, Luis Espejo, José Calderón, entre otros nuevos y antiguos miembros. Podría seguir mencionando a otros grupos poéticos de Lima de la década del noventa como VitalArte de Joel Camargo y Javier Meza, apoyado por César Avalos, habitantes de Los Ángeles, en la entrada del distrito de Vitarte. Y también el grupo Neosurrealista de Antonio de Saavedra y José Farje. O también a grupos ligados a talleres de universidades: Sonaly Tuesta, Jessica Sorogastúa, Jaime Rodríguez, Gerardo Fernández, Araceli Má, por ejemplo, que eran del taller de Eduardo Rada de la U. De Lima. O promociones de estudiantes de San Marcos, en el que estaban Selenco Vega, Miguel Maguiño, Miguel Bances, Carlos García, Javier Gálvez y, posteriormente, Carolina Fernández y Virginia Benavides. O estudiantes de la Garcilazo: Miguel Angel Guzmán y Jorge Ita Gómez. O grupos de centros culturales como Mammalia de Santiago Risso, en el que estaba Antonio Sarmiento. Todas las agrupaciones mencionadas realizaron muchas actividades que dejaron huella, además de publicar revistas, plaquetas y, por su puesto, sus libros de poesía. La efervescencia de los recitales que hubo en la primera década del noventa difícil se ha vuelto a repetir. Lo que sigue es una muestra de la poesía de cuatro poetas aquí mencionados.

PIEDRA * (Josemári Recalde)

(Cielo)
No sé esas cosas.
Yo no sé del silencio.
Desde aquí me veo como un sonido.
El mundo de tu padre
tenía lindos adornos.
Yo he visto esos cuadros.
Esos colores, los he visto
Y el mar en “La Boquita”
tomando un vuelo de luces, cayendo.
_ Tuve miedo
¿El camino?
( )
Esta encañada
_ por donde se aleja
una señora gris_
hecha roja.
Ya voy más como un sonido.
Estamos totalmente solos
_ la piedra y yo,
la piedra
totalmente solos.

* Publicado en “Primera Comunión. Poesía y Artes Plásticas. Muestra Colectiva.” Año aprox. 1994.

METAFÍSICA DEL BODEGÓN * (Elí Martín)

Exhalando eximias veladuras
Como atmósferas extasiándose
La pera roja enerva el deseo
& la magenta col se abre hasta el paroxismo
Desflorándose
El misterio enajena el transparente mantel
Con apetecibles botellas lilas
& el cesto expele sus encantos
Con extraviadas berenjenas
Como fresas lujuriosas.
Exóticas vasijas se esfuman
Hasta alcanzar la luz
Que penetra por el mágico
Umbral oscurecido.

* Publicado en Zoopoesía. # 3. Año 2000.

MENSAJE ESCONDIDO EN LA BOTELLA * (Juan Vega)

Nada más empezamos a caminar
Conversar y excitarnos juntos
Me despido con tu nombre
en los labios
Pero ahora estás lejos
Debo reconocer mi alcohólico caso.
Enviar un S.O.S. no debería ser un acto deleznable
Hace mucho que estoy solo
contemplando
Una pálida sombra en el espejo.
Quiero verte, tocarte
quisiera que entraras en mi vida
Y fuera tu cuerpo la noche oscura.
La ciudad relampaguea
lanza señales indescifrables
El asfalto, las calles
: de los más débiles es el grito.
El verano –todo poder- ha calcinado las hojas de los árboles
“me aparto de la realidad para hablar de la realidad”
el teléfono hace más grandes las distancias.
He vuelto a la palabra
La conciencia limpia
y la página en blanco.

* Publicado en La Tortuga Ecuestre. # 140. 1996.

CREACIÓN * (Carlos Oliva)

El verbo se aparea con la nada
y de ella surge la vida.

En la oscuridad del caos
el poeta se sumerge presuroso
y encuentra locura inédita.

La poesía equilibra tu dolor insaciable.
En ella empieza tu autodestrucción
aplacando tu síndrome de abstinencia.

* Publicado en La Tortuga Ecuestre. # 142. 1997.