Miguel Ildefonso

Nació en Lima en 1970. Estudió literatura en la Universidad Católica del Perú. Perteneció al movimiento poético Neón. Ha publicado los libros de poesía Vestigios (1999), Canciones de un bar en la frontera (2001), y Las ciudades fantasmas (2002), con el que ganó el Premio Copé de Poesía.
Setiembre 2004

GANADOR DEL CONCURSO DE NARRATIVA DE LA ASOCIACIÓN PERUANO - JAPONESA
2005


EL viernes 10 de diciembre 2004 se presento, en el bar Yacana (Centro de Lima), el poemario M.D.I.H. un libro de formato simple con un contenido que refleja la inter-relacion de su autor con los barrios como El Agustino, el Centro, Quilca...en fin, Lima Lima.


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Foto: Leucilene
Miguel Ildefonso (Lima, 1970). Ha publicado los libros de poesía: Vestigios (Gonzalo Pastor Editor, 1999), Canciones de un bar en la frontera (Ediciones El Santo Oficio, 2001) y Las ciudades fantasmas (Ediciones COPE, 2002). Radica en Apolo, Lima.

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1/ El Dolor (I)

He aquí el dolor, el único dolor,
la insoportable luz de las calles,
la mano extendida con las cuerdas rotas del sonido.

2/ El Dolor (II)

Solo el dolor reina el olvido
y sobre lo que se va si, al ras de la vereda,
queriendo voltear la esquina.

3/ El Dolor (III)

Yo estaba solo, como todos,
pero vivía con cierta parte de mis ojos en las nubes
y una muy especial entre los cabellos
de una muchacha enredada entre mis sueños.

4/ Era el desierto clandestino de amor

Al fuego le decías alba
y en las cicatrices de tus calles arrojabas lo mas grandioso del mundo, todo rodeado de niños hambrientos.

   
   
   
   
   
   
   
   
 

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Por lo mismo que has amado, otros amarán tu soledad
que es vivir en estas calles
.

EL DOLOR (I)

He aquí el dolor, el único dolor,
la insoportable luz de las calles,
la mano extendida con las cuerdas rotas del sonido.
He aquí el influjo,
otro infierno que quema el almanaque,
ríos secos, ríos oceánicos.
Una carpa de circo cubrirá la tierra de dolor.
Noche cruel como esta.
Dolor en los tenedores.
Poesía pura,
poesía del amor alquilado en una habitación,
con rimas y desapariciones políticas.
El dolor de un sonido buscando su instrumento.
Después de tantas palabras, abro la ventana.
Las estrellas, las sombras silueteadas de los edificios.
Respiro el olor de los cuerpos calcinados,
la caída de los árboles entrelazados,
la belleza del mundo que sepulta su música de dolor
por otra música.
El dolor de los que regresan a sus casas sin nada,
el dolor de los que no pueden regresar,
el dolor que se esconde de la policía, que se toma algo
para así no sentir dolor,
el dolor que no cicatriza y mezclado con la neblina
continúa siendo una mancha,
el dolor de los que caminan solos
o conversan con una pierna devorada por la gangrena,
el mismo dolor sin trabajo, que si llega al río pestilente
es sólo para decirle que no lo devuelva,
el dolor que crece con la hierba,
que se deja acariciar por el viento y cierra los ojos
y huye,
el dolor que esconde su dolor,
el dolor de una avenida donde un ciego toca su violín,
el dolor más allá de la vida,
más allá del dolor.

EL DOLOR (II)



Sólo el dolor reina el olvido
y sobre lo que se va de sí, al ras de la vereda,
queriendo voltear la esquina.
El amargo árbol nace del infinito, ellos corren,
pero tú aún estás parado.
Otros en vez de ti se van a esos lugares más seguros,
dicen que nada vale la pena, tú les das la razón.
Estás parado en el puente, es de noche,
y el infinito es frío como el amor.
Nosotros te buscamos, adónde te has ido?
Adónde te llevaron?
Nosotros estamos ahora más solos.
Infinitos solos pueblan las calles,
solos que se meten a la oscuridad,
solos que se emborrachan solos,
solos que bailan solos,
solos con el dolor.

EL DOLOR (III)

Yo estaba solo, como todos,
pero vivía con cierta parte de mis ojos en las nubes
y una muy especial entre los cabellos
de una muchacha enredada entre mis sueños.

Por otra parte la muerte, que todos conocían,
me empujaba para todos lados,
a veces parecía como si yo fuese su sombra.
Y me sentaba en una banca muy cansado,
sin nada en los bolsillos como una canción
pasada de moda.

Altos edificios con cabezas de elefantes
y dientes de conejo, antes con tristeza de luna.
Y qué hago aquí _ me decía _ entre
los altos pensamientos de este tiempo,
con grifos como serpientes de gasolina
y microbuses con forma de pistola.
Dónde busco ese amor, con ventanas donde cuelgan
cabezas y párpados, al ras de las espaldas
donde cae todo un cielo,
la legaña de una nube perdida en el crepúsculo
de los pasteleros del río.

Altos cadáveres en los pasadizos encerados,
bajo una araña de esperma y esputo,
con sílabas de torturas en un mueble,
con una tortuga en una oreja cortada.
Altos puestos de periódicos
con lenguas de lagartijas y tristeza de iguana.

Existe un bar en mitad de la calle,
una luz que sabe cantar las canciones más tristes
y puede hacerte reír si eso es lo que quieres.
Existe muy arriba del cielo un vacío
al que todos llaman Dios.
Me siento con una botella, mirando cómo desfila la vida
detrás de la muerte.
Cuerpos de mañana nos vemos,
cuerpos de prostitutas con besos de hespérides.
Una botella se rompe en la esquina
y existía un rincón en la tierra donde te sentabas tranquilo,
el sol bajaba por la persiana
y esperabas que ella pasara con su cuerpo de hola,
su cuerpo de gaviota perdida en la ciudad.
Muy de mañana también un lucero te despertaba
y se apoderaba de tu corazón.

Una muchacha se sale de la marcha
con las ganas de abrazarlo todo,
de salir para siempre del dolor que pesa más
que su corazón.
Sólo quiere llegar a su paradero,
a su casa, sólo desea un poco de cariño,
cuánto daría por un poco de eso aunque sea fingido,
porque la poesía no es todo.
Una sola lágrima en su interior
es capaz de devolverla a su sueño.

Dime, niña mala, por qué acaba la calle
cuando va a empezar otra calle igual?
Por qué se acaban las botellas
y uno se queda con las ganas de todo
y con las botellas vacías y solo?
Por que se sueña con los ojos cerrados
y se sufre con el corazón abierto?
Por qué me despedí con un beso de la muchacha
que amaba, y no la volvía ver ni en sueños,
pero ese mismo beso le seguía dando en todos
los sueños?

El cielo echa el agua sucia sobre los corazones limpios,
la vida se acaba con un cigarrillo a medio fumar,
los periódicos vomitan un amor con los cabellos mojados,
los micros son el infinito con una boca vacía.
Un pájaro bayo penetra en la neblina
y se convierte en la garúa que oxida las antenas.
La claridad de las almas se parece a esta neblina
de cuerpos de cemento mojándose con más brillo en los ojos.
Hay un filo en la ventana que podría ser como el seno
de una promesa, donde uno recuesta su cabeza
y el cielo nunca mira hacia arriba.

Tú podías ver el infinito a través de una lágrima,
el infinito de prostitutas azules,
el infinito de drogos con una luna encima.
Yo te vi pasar de prisa por esta avenida,
y en tus ojos se veía que sabías de qué estaban hechos
esos corazones que se ahogaban en alcohol,
cómo pesar un sueño con el delgado deseo de un ala,
por qué callaba demasiado el tigre
o por qué el silencio se apoderaba del invierno
cuando más necesitabas tapar el hueco dejado en tu cuerpo.
Tú sabías que la poesía era así,
por eso nunca quisiste salvarte.

Mira cómo se prende la neblina,
con esquinas de neón y volutas de párpados
con clavos oxidados.
Las primaveras se pudrieron al tratar de subir los edificios
y los pájaros ahora se estrellan con un ala.
Yo no sé para qué te pones de pie cuando viene
la realidad con ojos de mariposa y cuernos de sueño.
Yo no sé para qué te pones a correr, a subir escaleras,
para qué tienes un peine y una foto en una oreja.
Tú estás bien con esa sonrisa
en la luz de tu corazón.

Una calle con fetos corriendo entre grifos y jeringas,
y las ancianas llorando en las maderas
y las madres defecan entre sus cartones,
y el frío es el alma del tiempo.
Perros colgados de los postes,
el sol de los tuberculosos lavándose los pies
en el río pestilente, y un corazón que se arroja
del puente para penetrar la inmortalidad de los mortales,
para vivir con un reloj bajo el agua.
El dolor que brota de las uñas echa una flor.
Cómo caminar hacia uno mismo.
Cómo no desesperar ante esa palidez que se arrastra,
y come huesos.
Hay un sueño en un lugar escondido donde apenas
entra el último rayo de sol, que es como un beso.
Hay una vida para vivir
y otra para morir más allá de todas las cosas,
donde cada flor que se abre es pata todos
y a cada uno le toca un pétalo que contiene a la flor misma.
Pero no es el paraíso.

Si acaba el amor, porque no acaban también
las ganas de arrojar el corazón al mar.
Por qué se ha roto el cielo, y la neblina
es el alma de los óxidos.
Hay una mujer a lo lejos, y uno olvida
y toma un sorbo de su propia lágrima y espera el invierno,
o la primavera con orejas de elefante.
Qué más da, qué más da
la muerte si también tiene uñas.
Pero si acaba la visión de la mujer que sostiene mis sueños,
qué cielo soportaría tanta tierra,
y qué mar no quisiera enterrarse en un caracol
más grande que el nacimiento.

Si tú te sentaras un momento, y los postes
te abrieran el camino como ángeles,
o vieras de una vez por todas la sonrisa
de la mujer que llora junto al llanto de su hijo,
adónde podrías ir si sólo quieres otra cosa
diferente en cada cosa.
Tú sólo conoces la muerte en cada instante,
pero nada es comparable a sí mismo,
el invierno devuelve sueños abortados,
hospitales en forma de caracol.
Si acaba algo debe ser para siempre,
o no debe acabar nunca, porque si acaba algo
debe simplemente ser sólo como romper
aquello que separa la realidad
de los sueños.

Entonces así como la humedad oxida las rejas
quisiera que también oxide mi corazón,
y que caiga como un fruto despreciable, amargo,
sobre una pista infinita.
He visto a la muerte entrar a un cine,
luego salir de la peluquería.
Debajo de los carros guardó un ala
que tocó alguna vez el paraíso,
el negro paraíso de una muchacha nerviosa
colgada de una pastilla.
Pero algún día habrá un día y será un día
como todos los días, pero ese día no será más un día y sí el día
que algún día llegará, porque el día nunca empieza
y si termina sólo es porque se cierran las rosas.

En el filo de la última avenida vi a una muchacha
que recogía llantén.
Los microbuses recogían a los tuberculosos
y el seno del cielo se posaba entre los edificios plomos.
Pero yo vi, y no sólo yo,
y por qué esa maldita costumbre de empezar todo
en primera persona, pero decía que vi
algo maravilloso, no sé qué palabra es más exacta,
no hay ninguna palabra exacta,
y nada en general es exacto, por eso ella
se apareció cuando menos la esperaba
y tenía todo el universo y los límites destrozados.
Vieja, sola, loca, quise entrar en su mente,
quise ser su mente, quise que me ame
y yo desde su mente amar o matar,
pero en su mente sólo hay imágenes rotas,
su mente es frío, su mente es hambre,
su mente es nomedejescorazónmío,
me abracé al vacío, yo sé que nos encontraremos
algún día, le dije, muy cerca al vacío
habita la esperanza. Ella rió,
dijo que hacía sólo poesía.

ERA EL DESIERTO CLANDESTINO DE AMOR

Al fuego le decías alba
y en las cicatrices de tus calles
arrojabas lo más grandioso del mundo,
todo rodeado de niños hambrientos.
Al dolor le decías horizonte
o antes de que cierres lo ojos
en el último poste de la avenida
los chasquidos del río se convertían en perros,
venían todos a comérselos, era como una plaga,
luego hacían festejos,
borrachos algunos se hundían en el río,
sólo entonces tú te preguntabas,
tu pregunta era una roca que salía del río,
era el agua del río, era el río en el río
y fuera del río, te reías, ya pe ya pe,
decías.


A la muerte decías escupitajo,
dónde está ese pedazo de mi carne,
pero la noche hedía con colores,
deseos imposibles de agarrar,
te acercabas a la tierra mojada, metías tus manos
y habían huesos, ya no eran de carne, sólo huesos filudos,
podrías haber sido hallado, tapado ahí también
con el sol, con la luna.

A la nada le decías sueño podrido del puente clavado
en la espalda, musgo de paredes donde defecan
los tuberculosos,
un cielo de pólvora que garúa cada vez que quieres hablar
de flores, de madres esperando a Dios
en todas las veredas.

Estabas aquí parado, se oía el ruido de un motor
cruzando la noche, era el viento como el caminar,
era tu corazón como la eternidad
y la eternidad era cada instante.

LA ESTATUA DESENTERRADA

Tú te viste en el amanecer de junio,
en una banca de madera junto a la estatua de Vallejo,
tus pulmones eran bolsas de alcohol,
y la mañana te dijo hijo por qué no vuelves a casa.
Tus ojos en la pista, te viste con el corazón
abrigado en el frío.
Tú mirabas y tu pensamiento era una mujer
caminando a la calle más oscura,

tú sentías y aquello era tu mirar y tu pensar.
Solías caminar ciertas calles, lugares donde no se piensa;
pensar era una flor, pensar era el amor, pensar era una calle.
La señal de que la noche había terminado era una paloma
en la cabeza de Vallejo.
Eras todavía el fauno que se enfrentó a la noche,
con la misma noche que mataba siempre a los poetas,
como por venganza.
Estabas demasiado lejos de tus sueños,
sueños que no alcanzaron a cruzar el río.
Tu lágrima era caminar ebrio y luego no recordar nada.
Tu miedo era la tranquila noche en un paradero
hablándole a Dios que no existe.
Tu mar era el mar donde querías que vaya todo,
para que así la poesía sea posible y no una cosa
separada del mundo.

SPUNKS (I)

Hay tristeza de spunks en tu negra cabellera de Mayo,
llantos de spunks vagando en calles plomizas,
parques de un tiempo negado a tu verde hierba.
Hoy se han visto tus sueños vagar en alta algarabía,
de siniestras moradas descendieron en tramontana
las rosabellas intactas de tus senos.
El crepúsculo se vuelve la figura de tu negra cabellera de Mayo,
flor del abismo en el silencio de las callejuelas.
Un tiempo se enreda en la ciudad inundada de lamentaciones,
de la espuma surgieron voces de spunks,
dolor interior en las ventanas dormidas.
Abrías los ojos al aborto de esa melancolía de sangre,
lo amado como un caballo salvaje, raudo, lívido,
enmarañado de sombras extrañas como ángeles.
Dormida en tu habitación, alcanzada
por fugaces luciérnagas venenosas, nublados parques
aliviados por hojas secas.
Si pudiera entrar en ti, sumida en las lontananzas.
Abrir las viejas puertas de roble que respiran yertas condenas,
ancestrales sepulcros y cuerpos de cimitarra.
Has llamado a mi oscuro cuerpo de infectas palpitaciones,
soliviantaste la frágil madera de mi alma que se incendiaba
en la noche.
De tu larga cabellera bordaste un abrigo para un toro,
su grito abrió el abismo perseguido por violines azules
en las pedrerías.
Aún el bosque lame tu cuerpo calcinado.
Y la noche cuelga de la boca de los desesperados,
con pestañas atadas al viento.
Así has amado mi suciedad, las telarañas del hueco de la puerta,
encontraste un sueño desmedido en la regla de la poesía,
cruel como una sombra impuesta por el deseo.
Todo lo sentiste con acordes desconocidos,
cenizas de algo perdido por los desesperados
que cruzan los puentes,
en la hora en que tú estás más presente como una iluminación.
El lamento de los spunks discurre en el agua turbia
de los días, en el descenso del húmedo balido de la garúa,
pétalos de gozo que no saben que su río no llegará al mar.
Detrás de un cristal opaco un lecho de peces
que dormitan en la luz de una lámpara,
allí te espero como un árbol en la tierra seca.
El sueño de la madera talló mi vida entre negros edificios
que cultivaban la putrefacción de la flor enamorada,
cuerpos para la voz de un canto caracoleado del fuego del mar.
Te esperé, dijiste, te esperé sin creer que vendrías.
Un animal mira las copas de los árboles.
La tierra deshabitada de los gusanos en los escudos,
donde flota el amarillo silencio desclavado del pecho de un pájaro,
la ebria constelación de huesos en el gris papel.
Si fuese real el grito del animal en la aurora,
Si fuese real su grito en el alambrado,
los spunks recibirían los dones de la pureza.
Caballos arremetiendo en la noche putrefacta como ojos,
alcanzando la punta de la nieve encendida en tus senos.
Habías negado el dolor por otro dolor de fuegos fatuos,
por otro paraíso de absurdos animales del sacrificio.
Has corrido en busca de una soledad más pura.
Has llamado a mi puerta como llaman los desesperados,
los desesperados, los desesperados.

SPUNKS (II)

Ella era una punk.
Estaba en el suelo,
en la basura
de la pared trasera de un edificio del Centro.
Bebía un trago letal, pero lleno
de Iluminaciones de Rimbaud,
Paraísos Artificiales de Baudelaire,
y algo horrísono de Juan Ojeda.
Su vida había sido un rock
con la cara en la ventana
tratando de escapar de una fuerte manifestación
del alma.
La ciudad empozada de llanto, la ciudad sin Dios,
un coro de autos estrellados
en el corazón de un perro tirado en la pista.
La desilusión se apoderó de sus pupilas,
navegó hacia costas oscuras
donde extraños hombres la tomaban de la mejilla,
donde dejó su silueta en los ladrillos rojos
de todos los crepúsculos.
Lo había agotado todo.
Su vida duró como la niebla
avanza en el primer día de invierno.
Sí, su sueño fue probar la lengua
de otro sueño, y luego dejar que suene la radio
toda la noche.
No tuvo fin, ella no tuvo deceso,
apenas fue como una gota del cielo sin lluvia.

CON LA SED DEL ENSUEÑO

Malcom Lowry lleva a Tristan Tzara por las calles
de Lima. Son las 4 y 45 am. Y la urbe y su halo y su vanidad
y su azulina nada, todo está oscuro sin ninguna estrella;
sólo unas putas andan por ahí, y entre ellas la estatua de Villon.
Ambos están borrachos, vienen de La Cantuta,
de lejos parecen dos muchachitos que se pasaron de tragos
en una celebración, la despedida de Víctor; pero no,
sólo son dos viejos alcohólicos consumados
sabiendo lo que hacen con sus vidas.
Un desamparo huele a tiniebla, a cansancio, a orina.
Hay, por eso, una realidad diferente dentro de la poesía.
Cuerpos tendidos de mendigos y orates,
visones de París de Baudelaire, de Lorca en Nueva York,
de Blake en la avenida Wilson:
hay un niño con una cuchara de palo echando terokal
en una bolsa de plástico,
terokal amarillo como la Flor de Retama,
es mejor que la Navidad, dicen, con su mirada al Paraíso de Dante.
Las putas gordas fuman en sus esquinas unas líneas de Shakespeare,
siempre está de moda. Esperan a que llegue el barco
con los marineros de Pablo. Mientras tanto
un anarquista es torturado en el subsuelo,
un poeta es torturado en el subsuelo,
un rockero es torturado en el subsuelo.
Cuando amanezca, Malcom y Tristan caminarán hacia sus tumbas,
apenas recordarán unos espectros fragmentados cuando con miedo
y desamparados cada uno se acueste en su lecho amarillo.
El mar de Conrad se cubre de estaño, neblina triste de La Victoria,
y allí firma Luis H. Camarero con su primariosa letra
la Vox Horrísona del tren que pronto llegará.
Yukio Mishima, aparece con su espada de oro,
sale del pabellón de hojalata; las putas le dicen bye, ya amaneció,
sube al bus que lo lleva de regreso.
En el último asiento junto a la ventana va leyendo
El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo.
En una mesa de quirófano el Arte puso un paraguas
cuando Walter Benjamín escapaba por el Norte de Francia.
El Arte, empero, se ensimismó en su lenguaje.
Un sepuku abrió la puerta del Paraíso Zen.
Allá estaban los Andes, o sea el hielo donde cantaba
José María con la misma chica ayacuchana
cantando en todas las esquinas del mundo.
Con los audífonos en los oídos, Yukio se queda dormido
abierto su libro de la edición de Seix Barral, sólo para explicar
de este modo que es verdad que el Boom pasó hace tiempo de moda,
sólo para contar que una voz más profunda desde su sangre
estaba cantando:
Vengan todos a ver en la plazuela de Huanta,
amarillito Flor de Retama,
amarillito, amarilleando, Flor de Retama.
Donde la sangre del pueblo ahí se derrama,
allí mismo florece,
amarillito Flor de Retama,
amarillito amarillanto, Flor de Retama.
La sangre del pueblo tiene rico perfume,
huele a jazmín y violetas, geranio y margaritas,
a pólvora y dinamita, carajo,
a pólvora y dinamita, fuck you,
a pólvora y dinamita.